28 de mayo de 2009




Largo tiempo
la máquina permanece
quieta, tanto que se teme
ya nunca vuelva a funcionar.
Una gota en el engranaje
y otra vez, se escribe.
Se escribe
este amarillo de abril en las venas,
este crujido de abril en los huesos.
Se escribe
el nacimiento de un año,
otro año que he muerto.

19 de mayo de 2009

¿DESEQUILIBRADO, YO?




Un mensaje desata mi imaginación, la excita. Abre la dicha de la palabra justa, el taxi al alcance de un gesto, la confusión de los sudores, la fatiga acariciada por el primer rayo de sol. Pero entre tanta dulzura de novela rosa, se cuelan los dardos de la indiferencia, del desencuentro. Y con ellos, el miedo. Un miedo que avivaría la emoción de internarse por los más oscuros senderos del bosque. Luego, la sospecha de que esto no es sino candidez, lisa y llana, y que el miedo es solo eso. Y todo, porque en la pantalla de mi celular, debajo de tu nombre, por un instante brilló un lacónico: tengo ganas de verte.

29 de abril de 2009

ELIZABETH TAYLOR ES LA PRUEBA O ATEOS ABSTENERSE



En National Velvet, una jovencita, azules los ojos, soñadora la mirada, cuenta a cámara que cada noche suplica a Dios la convierta en la mejor jinete de Inglaterra. A la luz de los años, a la luz de los padrillos (Milton, Wilding, Todd, Fisher, Burton, Burton, Warner, Fortensky), ya no cabe dudar sobre la existencia de Dios, ni sobre su generosidad.

26 de marzo de 2009

CON LA QUÍMICA EN EL CUERPO



I
Con su enésimo cigarrillo, enciende su enésimo pensamiento: “ninguna vida, aun la mía, está del todo perdida. O todas lo están, aun la mía”. Ignora la razón, pero lo piensa. Y luego del paseo por su cerebro, la frase clama por derramarse en tinta. Obediente, lo hace. La escribe. Se pregunta además, si habrá algo en el mundo capaz de saciar esta avidez de palabras que a cada hora de cada día lo asedia. Por supuesto, también esto deviene signos en su cuaderno. En su reducirse a cenizas, el cigarrillo ha alcanzado la plenitud.


II
Es tarde. Y aunque el cansancio lo empuje, demora el momento de llegar a la cama, enfrentar las bestias que acechan al final del insomnio. Para esquivarlas: una pastilla, un cigarrillo. Cada vez, sin embargo, imagina en su lugar la cursilería de un “hoy frente a un puesto de libros pensé en vos”. Tal vez así, bajo el influjo de esas palabras entraría en el sueño como quien entra en una iglesia. Pero como esa voz no llega, y rehuye la película de sus fracasos, apela a la química. Y cuando por fin comienza a apartarse, oye las palabras tan deseadas. Mas es tal la deformidad de los sonidos que se aterra. Entonces, la colilla cae; y él, también cae en la ciénaga del sueño artificial.

13 de marzo de 2009

ECRIRE


cuando el vacío se disfrace
de tarde de domingo, y la tarde
de hastío en los párpados
de peso en la mirada
tomar la pluma, cincelar
con palabras la imperfección
de un sentido, mínimo
como la negrura del insecto
que trajina el cielorraso

tomar la pluma, digo
contra pesos y hastíos empuñarla.

20 de febrero de 2009

1977, NOVIEMBRE



como bestia empeñada
en liberarse de su domador
así, quiso la tierra
desprenderse de nosotros

y gimieron
techos pisos paredes
lloró la madre
y todos
madre padre niños
casi desnudos
se asomaron al día

y cuando todo vibraba
y cuando de su labor renegaban
las vigas, hubo miedo

pero también, una máscara risueña
tendida sobre el abismo: la del padre.

2 de febrero de 2009

DESPUÉS DE LA GRANIZADA


(A la manera de Lugones, pero no)


Callar la angustia
silenciar la pena.

No decir
ni el clamor de los techos
ni el jardín en ruinas
ni la cosecha perdida.

Hablar, por ejemplo
de cuerpos tumbados sobre la piel
de damasco de una playa remota
o de príncipes rendidos al encanto
de pobres cenicientas

No pronunciar
las vírgenes estropeadas
en los ritos conjuratorios
tampoco la tristeza de los niños
que ven en los ojos de sus padres
la ingratitud de la alacena vacía

Callarlo todo.

Callar tu ausencia, terrible.
Más terrible aun
en esta estampa de invierno
en el centro del verano.

24 de enero de 2009

LA AMISTAD SEGÚN BERGMAN



(Para Nat y Carina, por su honestidad brutal)

La amistad es, como el amor, extremadamente sagaz. La esencia de la amistad está hecha de franqueza, de pasión por la verdad. Es algo liberador ver el rostro del amigo o escuchar su voz al teléfono contando precisamente lo más trascendente y penoso de contar. O también ocurre que el amigo se oye así mismo confesando lo que apenas se atreve a pensar. La amistad tiene a menudo rasgos de sensualidad. La silueta del amigo, su cara, ojos, labios, voz, movimientos, acento, están grabados en tu inconsciente, constituyen un código secreto que te hace que te abras en confianza y solidaridad.

Una relación amorosa estalla en conflictos, es algo inevitable. La amistad es más refinada, no tiene tanta necesidad de tumultos y depuraciones. Hay ocasiones en que la gravilla entorpece las delicadas superficies de contacto y eso causa dolor y dificultades. Yo pienso entonces: ¡maldita la falta que me hace semejante idiota! Pasa algún tiempo y el malestar se manifiesta de un modo o de otro, palpablemente a veces, con discreción las más.

“Voy a dar señales de vida, esto no puede seguir así, hay que cuidar los tesoros”. Y despejamos la atmósfera, la limpiamos, la restauramos.

El resultado es incierto: mejor, peor o como antes. No puede saberse. La amistad no está sujeta a juramentos ni a promesas, como no lo está al tiempo ni al espacio. La amistad no exige nada, salvo una cosa: sinceridad. Es su única exigencia, pero es difícil.


28 de diciembre de 2008

SOLO A VECES


no hay espinas
sabe bien el fruto
es suave el cielo de octubre
y amable la canción

a veces el camino
puede ser plácido

a veces
caminar y deslizarse
se confunden.

18 de diciembre de 2008

DE PASAJEROS OLVIDADOS


Minúsculas gotas de sudor sobre la piel de la noche, una de las primeras de la primavera. Y en esa noche, en esa tibieza, después de mucho tiempo, nos cruzamos. Tan trivial fue nuestro diálogo que me declaro incapaz de reproducirlo. De cualquier modo, y aun desconfiando de mi memoria, rescato el siguiente fragmento: “¿Todo bien?, pregunto. Todo bien, por suerte, respondés. A lo que agrego un sincero ¡qué bueno!” Pero ¿era sincero? No, no piensen tan mal de este humilde servidor. Yo jamás le desearía a otro ser humano ninguna plaga o algo por el estilo, y no porque sea tan bueno, sino porque soy taan perezoso…

A lo que voy es que, no sé a ustedes, pero para mí ver a alguien desplazarse del centro a los suburbios de mi vida, no deja de ser objeto de asombro, de inquietud. Aunque también, lo confieso, de alivio.

De asombro, porque ¿no es cuando menos curioso que una persona que llegó a “ocultar-a-dios” (Char), que fue la depositaria de miles y miles de pensamientos, como por un pase de magia se esfume? Es decir, un ser de quien interpretábamos hasta el mínimo respiro (Ya lo dijo Barthes: “el enamorado es el semiólogo en estado salvaje”), de pronto, y por obra y gracia ¿del tiempo? ¿de las decepciones?, llega a no ser nada. O peor, una idea del tipo: “¡con esta pelusa debe tener la nariz del payaso Malaonda!”.

Si además confrontamos este desplazamiento con aquello de que “todo constructor, a la larga, sólo edifica un derrumbamiento” (Yourcenar), no podemos menos que experimentar una cierta inquietud, puesto que así como se hundió esta imagen con tanto amor y paciencia construida (sí, mucho amor, mucha paciencia requirió la transformación de “eso” en una princesa, un príncipe de cuento de hadas), de igual modo habrán de hundirse las que vendrán. Entonces ¿no hay nada destinado a perdurar?

De alivio, dije. Sé, sin embargo, que se trata de un alivio pasajero. Léase, de cambio de pasajero: el asiento hasta hoy ocupado por A, mañana será ocupado por B, y así sucesivamente.

Y esto porque no debe haber nada en el mundo más digno de interés que un cuerpo y los signos que emite (por supuesto, no cualesquiera ¿o creyeron que me había vuelto escatológico?), además claro, de nuestra proverbial incapacidad para aprender algo, por pequeño que sea, del corazón humano.


2 de diciembre de 2008

CARTA















A Emma




Cómo duele el cuerpo
cómo duele
cuando es el fruto despreciado
por la humedad de esa boca
que a saciarnos creímos venida.
Duele con un dolor
de flor abandonada
a la severidad del verano
un dolor de muerte.
Para qué cuidarlo entonces
para qué alimentarlo
lavarlo para qué
si sobre él
perro callejero
muñeca estropeada
ya no se posa la mirada del deseo.
Cómo duele
cómo duele el cuerpo
cuando es el desechado fruto
el fruto despreciado.


Charles B.

23 de noviembre de 2008

GRANDES DIVAS

BAÑOS EN LA FUENTE DE JUVENCIA

Batallas perdidas:
Si para cualquier hijo de vecina -incluidos nosotros, los poco agraciados- asimilar los estragos del paso del tiempo no es tarea sencilla, mucho menos debe serlo para quien –por caso, una estrella de cine- cotidianamente se ha alimentado de halagos referidos a su apariencia física.
Múltiples han sido las reacciones a la “maldición” de la marcha incesante de los relojes. La primera: los alejamientos. Casi totales: Audrey Hepburn, Gloria Swanson (a un abandono transitorio de su largo retiro debemos la maravillosa Norma Desmond de Sunset Boulevard); y totales: Garbo, Marilyn, Harlow (a estas dos últimas, la muerte las eximió del agravio de un rostro devastado). La segunda y más típica: la perseverancia frente a los focos, sea en los sets, sea en el circuito de las divas “casi retiradas”.
Este sería el momento oportuno para acotar que, como la mayoría de los mortales, soy vulnerable al milagro de un ser tocado por la gracia de la belleza. Ya lo dijo Goethe “el que contempla la hermosura humana se sustrae por un momento del mal, se siente en armonía consigo mismo y con el universo”. La que sí estimo digna de mejor causa es toda esa energía derrochada en una batalla perdida de antemano y que, en el caso del mundo de espectáculo funciona, creo, como una hipérbole del mundo a secas. Es decir, parecería que sólo la juventud está destinada a los roles protagónicos, mientras la vejez y su aspecto –insisto, su aspecto-, son relegados a los geriátricos del olvido.
Continuando con la clasificación, podríamos decir que de las “resistentes” sólo unas pocas lo hacen “al natural”: Diane Keaton, Liv Ullmann admirables aun con sus rostros atravesados por una miríada de arrugas.
No es, sin embargo, esta ausencia de afeites la regla. La regla es la visita asidua a la “Fuente de Juvencia”, cuyos afluentes en los tiempos que corren son liftings, lipoaspiraciones, botox, barro, cremas, siliconas y varios etcéteras más. De estas inmersiones un puñado ha emergido con gracia: Catherine Deneuve, Laureen Bacall, Graciela Borges.
La mayoría, en cambio, asoma “graciosa”. Explico.

El trayecto es más o menos el siguiente: de grandes sexys a bufonas de la prensa amarilla. De aquí: Moria, en perenne mutación de Venus de la Calle Corrientes a Frankenstein, ícono de travestis; su archienemiga Alfano, a quien parece nadie le advirtió que Jack Nicholson caracterizado de “El Guasón” no es modelo imitable; la antaño bebota de Olmedo, Adriana Brodsky, transformada hoy en un auténtico perrito pekinés.
De allá: Lollobrígida, Sara Montiel y Raquel Welch con rostros que entre sus atributos incluyen la imposibilidad de cerrar los ojos. Y uno no puede evitar preguntarse: ¿se anotará entre las contraindicaciones? ¿duermen esas mujeres?
Y la lista de personalidades engolosinadas con su imagen -¿su imagen? ¿algo más uniforme que los habitués de los quirófanos estéticos?-, podría prolongarse indefinidamente. Para muestra, un botón: en una entrega de Oscars verán el mismo brillo de pómulos, el mismo mentón, la misma nariz, los mismos pechos multiplicados hasta el infinito. ¿Será que, como en el alcohol, uno encuentra en la vejez lo que ha puesto en ella y que en estos casos no pusieron nada?


La ironía, la salvación:

“Soy lo que queda de mí”. La dueña de esta afirmación no es otra que Elizabeth Taylor. Y efectivamente, después de los años y los kilos, los maridos y los divorcios, el saqueo de bodegas y farmacias, de la otrora muñeca que se abrazaba a Lassie, de la apasionada Reina de Egipto que se abrazaba a Burton, en verdad, fuera de esos ojos deslumbrantes, mucho no queda. Pero esta frase, en labios de esta mujer puede –debe- leerse como la supervivencia de lo esencial de un ser humano: la ironía. De repente uno siente que fue así, que debió pensar un día “sí, ya no soy la que fui, ¿y qué?”.
Y es este el baño que considero más sensato, la prueba de una juventud irrefutable: frente a lo forzoso, la inteligencia en una de sus formas más elevadas: el humor. Y más en este caso concreto en el que las consecuencias del paso del tiempo, aunque estéticamente ingratas, son indoloras, en tanto que otras, físicas o espirituales, son justamente muy dolorosas. Comparen si no un padecimiento de artritis con una arruga en el cuello; o una casa vacía, muertos todos lo que alguna vez amamos, con una mancha en la piel.
Para terminar, lo que otra gran beldad, la actriz italiana Lucía Bosé, dijo: “¿Quitarme las arrugas? ¡Ni loca que estuviera! ¡Con lo que me ha costado ganármelas!”

15 de noviembre de 2008

SUBÍ QUE TE LLEVO


Abro los ojos, y mientras dejo caer los pies al suelo, abro la boca, dejo caer un “¡concha!” Y no es que yo sea de esas personas que lloran el abandono precipitado del lecho. Bueno, alguna vez sí. Alguna vez, como aquella cuando no fue una alarma de reloj o, en su defecto, mi voluntad quien me desalojó de la cama. Aunque no es este el caso. El caso es que a esta hora debería estar tocando la puerta de mi amigo, el laureado poeta H. S. Pero como mi siestero reposar se prolongó más de lo previsto, llegaré tardísimo. Por supuesto, me asalta la culpa. No, no me malinterpreten. La culpa no es por la espera que le infrinjo, sino por el tiempo que habré desperdiciado de su deliciosa conversación ; )

Entonces, para hacer menos notoria mi demora, y como sé del calamitoso estado de los colectivos que trajinan los caminos del Este, esos que cada vez nos obligan a preguntarnos: “pasará?, ¿debería darme la antitetánica antes de subirme?”, decido montarme en un remís.

Y eso hago. Trayecto: Palmira - San Martín. Duración aproximada: 20 minutos.

Como resulta que soy el primer pasajero, me siento junto al chofer. A poco de andar suben otras personas, al parecer miembros de una familia, que hablan entre sí. Aunque la conjunción de un ruidoso motor y una radio encendida (88.3 Latinos FM ¿qué esperaban un remisero enamorado de Vivaldi?) me impide descifrar lo que dicen.

Y así vamos, tranquilos, hasta que sucede: se nos adelanta un coche, un Chevrolet de los años 70 y el chofer, mi chofer, presa de éxtasis, gimotea: “¡qué chiiiivo!” A lo que, para comentar algo (¡boca floja! ¿boca floja o a todos nos acomete, con taxistas y remiseros, idéntica obligación?), agrego: “A mi papá también le gustan. Cuando era chico, tuvimos uno”. Ese fue el pie que el señor necesitaba para dar comienzo a una larga, larguísima perorata, mezcla de oda y elegía (Oda a las virtudes de esas máquinas y los placeres de ellas obtenidos. Elegía: “y qué querés que te diga, ya no los hacen así”).

¡Un entusiasta el caballero! Que si los bulones, que si el cigüeñal, que si…. Y yo preguntándome: “ ¿todo eso tiene adentro un auto?, ¿no era la simple amalgama de chapas y ruedas?” En este momento me declaro incapaz de reproducir siquiera una ínfima parte de los términos proferidos por su argenta boca. Sin embargo, como soy muy educado, y por ende, incapaz de dejar a alguien hablando solo, jugué mi rol en la conversación. Es decir, puse caras al tiempo que colaba, aquí y allí, algún “ah, ¿sí?”, “claro, claro”, “¿sí?, mire usté”. Podría, no obstante, haber dejado quieta mi lengua pues el hombre, como cualquier fanático que se precie, no tenía el menor interés en lo que yo pudiera acotar.

¡Cuánta razón tenías Bergson con eso del tiempo subjetivo! Esos veinte minutos fueron de una insoportable eternidad, más insoportable todavía si atiendo a que mi propósito inicial era hacer lo que usualmente hago en esos viajecillos. Léase: en silencio mirar el conocido paisaje, los autos, la gente que marcha por la vida, mientras –nobleza obliga-, huroneo mi propia vida.

Y todo para llegar más o menos a tiempo a la casa de mi amigo, el premiado poeta, que además de esperarme con una parva de libros y anécdotas, se dedicaba a espantarse los mosquitos, que este año más parecen murciélagos que mosquitos. Eso sí, con una ramita de laurel y recostado, cual Sócrates en El banquete, en su reluciente futón blanco.

21 de octubre de 2008

EN AGOSTO

Juntos, diríase a cuatro manos, el viento y el sol diseñaron esta escenografía de fines de agosto:
un cóctel de polvo y hojas sin rumbo, sudor y desgana.

Lo demás, simple:
la muerte en su apropiarse de un cuerpo, por el trabajo minucioso de la enfermedad privado de fuerzas, degradado, marchito;
un cuerpo en cuyo cansancio no florece resistencia alguna.

Tan simple, corriente, como el escándalo de los cristales a la caricia ruda del viento de agosto.

16 de octubre de 2008

LÁGRIMAS NUEVAS.

Una noche de llanto.
Otra.
Pero distinta.

Su diferencia radica en lo novedoso del sentido de estas lágrimas, vertidas no por un pesar concreto, sino por aquellas, las que se cuajaron en su alma cuando se cansó de llorar, cuando creyó que en esa celda oscura transcurrirían sus días todos, y que esas lágrimas, de pronto estériles, nada podían corregir.

Pero podría ser que este llanto de hoy, brotara también a causa del inesperado estreno de una grieta –pequeña, modesta-, una grieta a través de la cual otra vida alce el vuelo.

Y, pese al lugar común, le es imperioso sentir la sangre alojada en cada distrito de su cuerpo y decirlo. Decir además, que aunque ingrata, la travesía por el desierto tuvo un fin. Decir la justicia de inscribir la sorpresa amable entre los dones de la existencia. Decir, por fin, que nos equivocamos. Cada vez que somos terminantes, nos equivocamos.

7 de octubre de 2008

LA OTRA CARA

Con las manos de una mentira se cubre los ojos, hunde su vida en un olvido de sí equiparable a la locura de creerse otro.
Y durante larguísimo invierno se pierde el rastro.

Y hoy, que con suave tacto o con hartura, voces amadas pretenden astillar la sombra, hay el pavor a una cara impregnada de abandono, tan distinta, tan otra de aquella diseñada por las siestas insomnes de su infancia.

21 de septiembre de 2008

LOCUS AMOENUS

Rendida bajo el peso del sol, sedienta:
una siesta de verano.
Como sedienta, detrás de la ventana, la ansiedad de los niños acaricia la hora por venir cuando, caducos el sueño de los mayores y la prohibición de ausentarse, pueda por fin correr en pos del agua libre de la acequia.
Pero también:
de la arena, de la delicia del fruto rapiñado, del cabello frágil del sauce...
La radiante fatiga del juego y la piel tostada, que apague el vértigo aquel de ya nunca oír la voz que desflora la tiniebla, dice el mundo, lo crea.
La voz infantil, solar de las canciones que cada mañana, brotan de los labios de la madre.

15 de septiembre de 2008

EL DOMINGO DEL EXILIADO

En mi intensa avidez de vos
me sueño repatriado
a tus ojos
a tus manos.
A tu corazón, no.

Allí nunca estuve.

1 de septiembre de 2008

EL JUEGO PELIGROSO

Como otros, es un juego.
Las habitaciones están dispuestas de manera tal, que sólo puede alcanzarse una, previa estadía -estadía siempre regulada- en la anterior. Son las reglas.

Pero, súbita, una puerta cierra el paso, detiene la partida.
Y él, que carece de las herramientas para abrirla, se queda allí, paradito (un niño delante de la vidriera que exhibe y mezquina el juguete de sus sueños). Simulando indiferencia, aparta la mirada, como si fuera ella la responsable, la barrera al milagro. Aun así, la puerta continúa cerrada.

La llave, intuye, ha de hallarse en uno de los cuartos anteriores, oculta en oscuro cajón. Teme, sin embargo, abandonar su sitio, regresar.
Sí, este es un juego peligroso.

26 de agosto de 2008

DISYUNCIONES

Que las niñas de tus ojos sucumbieron al influjo de un encantador de serpientes, y por él, a un precio irrisorio, vendiste tus cosas y con el circo te fugaste. O que te secuestraron, nadie acudió en tu ayuda y ahora, por el shock olvidados tu nombre y mi amor, andás y desandás tu extravío en oscuros barrios de la periferia. O que las enredaderas de tu jardín, enroladas en la envidia de las vecinas envidiosas, crecieron hasta ahorcar los cables, romper las conexiones…


Hipótesis, hipótesis y más hipótesis. Hipótesis elaboradas en torno al más simple de los acontecimientos. ¿O será que nunca es simple el silencio?

10 de agosto de 2008

LA AUTÉNTICA GAUCHITA ARGENTINA

Estas antiquísimas relaciones (coplas que se recitan en los “altos” de ciertos bailes populares) están dedicadas a:

“Las” que se envanecen de ser las pioneras del rubro.
“Las” que se sienten mal, culposas por ser parte de él.



Quieran los cielos que pronto
se vea mi afán colmado,
de hacerte mi dulce esposa
y vivir siempre a tu lado.



Mi casa está muy distante,
junto a un jardín florido,
vaya cuando guste, joven,
que será bien atendido.

28 de julio de 2008

DE CUANDO UN CO-BOS QUISO CONVENTIRSE EN UN "BOSS" II


(RESPUESTA A MARIA CASTAÑA)


Quienes no somos partidarios del gobierno (hay que ver lo ingratos que resultan los actos de Néstor Kirchner secundado por los muy adecentados Moyano y Barrionuevo), ni tenemos tampoco nuestros intereses (léase: dineros) puestos en el mundo de la soja, experimentamos un desamparo equiparable al de los partícipes involuntarios de un tiroteo entre policías y ladrones, que de pronto, además de aterrados, se sienten desconcertados por la aparición de un tercero –o cuarto- en discordia, cuya afiliación resulta oscura (¿es policía? ¿es ladrón?) Lo ilustro con un nombre: Julio Cobos. Porque ¿qué es Cobos?, ¿no era del gobierno?, ¿es del campo?, ¿es un arribista que prepara su futuro político? A mi modesto entender, por aquí viene la cosa.

En primer lugar, porque su actuación de “hombre de familia” (sic.) en el Senado, que tantas adhesiones y rechazos suscitó (de un lado: héroe, para los interesados en prolongar su rol de “dueños de la tierra”; del otro, para los que procuran continuar medrando con sus planes sociales y participando de la “política” a pequeña escala: un traidor), para nosotros, los neutrales (?), no puede ser sino la intervención de un trepador. Me explico:

Alguien, que para alcanzar determinada posición, sacrifica sus más profundas convicciones, es un trepador. ¿Cabe alguna duda que para ser aceptado en la fórmula presidencial Cobos debió ceder algunas “cosillas”?

Alguien que, al no recibir lo “convenido”, se “corta solo”, se baja, y no por sus convicciones (a las que como hemos visto, renunció), sino porque busca su cuota de poder (presente o futuro, lo mismo da), que en este caso es la visibilidad, el reconocimiento masivo (recordemos que antes de diciembre, fuera de Mendoza, el ingeniero era un perfecto desconocido), también es un trepador.

Porque, convengamos, no es creíble que un funcionario de la primera línea (¡el Vicepresidente de la República!) desconociera las planes económicos del gobierno que integra hace apenas siete meses. Entonces: descartada la ignorancia, descartadas las buenas intenciones.

Pero quizá lo más temible del caso sea la poca –nula- memoria de los argentinos. Aún está tibio el cadáver del asunto “Chacho Álvarez” y nos vemos envueltos en un episodio semejante, es decir, una alianza que reúne a políticos provenientes de sectores divergentes, amuchados para ganar una elección; que a poco de andar se fractura, con su consecuencia más peligrosa (mucho más que el desabastecimiento): la poca gobernabilidad.

Entonces, a nosotros, los neutrales (?), no nos queda otra que acomodarnos a vivir como los rehenes que, pese al miedo, buscan resguardo en los lugares más seguros, por pequeños que estos sean (aprovisionamiento de leche, harina, azúcar), o los resquicios por los cuales emprender la fuga (aeropuertos, terminales de ómnibus). Pues lo otro, lo sensato, lo inteligente parece inaccesible, a saber: ejercer con plena conciencia nuestro derecho a elegir autoridades, y, sobre todo, desconfiar de oscuros salvadores que, como acabamos de ver, no siempre portan las mejores intenciones.

22 de julio de 2008

DE CUANDO UN CO-BOS QUISO CONVERTIRSE EN "THE BOSS"

¿Qué hacer cuando ninguna de las opciones que nos brinda el menú nos resulta grata? Los buenos modales nos indican que un sencillo “no, gracias” alcanza. Pero ¿y si de veras nos está picando el bagre?


Esta es la sensación que experimento ante la situación política del país: los del campo me provocan náuseas (evidentemente no me refiero a los pequeños productores sino a los oligarcas, que nadie ignora, existen. Recomiendo Fin de fiesta de Beatriz Guido), y los del gobierno, me asquean. ¿Y Cobos? ¿Qué es Cobos? ¿No era del gobierno? ¿Es del campo? ¿Es un trepador? (¡mierda, no aprendemos más! Parece que el “episodio” Chacho Álvarez no nos enseñó nada)

Entonces, como cuando era pequeño y el plato no era de mi agrado, me meto en la cama en ayunas, aunque con la certeza de que el hambre no me dejará dormir.

17 de julio de 2008

EL PARTO

Líquido, el sonido de las llaves lo arroja en esa casa que no habitan pájaros, ni sueños exóticos, ni un vos, ni bellas melodías.

Entonces, por la casa vacía camina, ordena los trastos, deglute los alimentos. En silencio, siempre. (La noche de la ciudad, tamizada por los cristales, es el eco de un eco, casi nada.)

Y esta soledad –o caverna oscura- que bien podría parir fracasos, números en rojo, hoy sin embargo, abre las piernas y alumbra la escritura.

1 de julio de 2008

REBELIÓN EN LA INFANCIA

Nene paveando se tropieza y cae.
Mamá, que carga mochila, guardapolvo y demás bártulos escolares, lo mira como diciendo “si serás pelotudo”.
Nene a voz en cuello, pregunta: ¿Qué? ¿Por qué me mirás así? ¿Vos nunca te trompezaste?

22 de mayo de 2008

CUANDO APRIETA EL FRÍO (DE LA TREINTENA)

Ahora somos parias de casamentera
Tamara Kamenzsain.


“Te esperé, te escribí doce poemas (Detalle: Odas a tus pies, tu cabello, tus manos, tu cuello; Sonetos a tu lengua, tus muslos, tu voz, tu corazón; Elegías a tu sexo, tus nalgas, tus ojos, tus labios), amargas quejas derramé en mi diario, te añoré, te maldije. En fin, que ya no hay nada que hacer o decir, sino que estás fuera. Y se sabe que esto es lo mejor. Pero también, que si llamaras, correría, volaría hasta tu casa. Esto también se sabe."


Más allá de sus obvias deficiencias, este texto me llevó, cual Carrie Bradshaw, a preguntarme qué tanto nos desesperamos cuando estamos solos y hemos vadeado hace un tiempo la temible barrera de los treinta. O, para ser más claros, qué humillaciones, torturas, ninguneos estamos dispuestos a tolerar simplemente porque abandonada nuestra primera juventud, nuestra lozanía, sentimos –nos hacen sentir- que esta puede ser LA ÚLTIMA oportunidad.

Me gustaría, amigos, saber qué opinan al respecto. Y esto aun si son tan afortunados como para que el asunto no los roce, porque como dijo Jauretche, “no hace falta ser caballo pa saber de carreras”. ¿Es una cuestión que nos atañe después de los treinta o es el sempiterno (¡¡siempre quise usar este adjetivo!!!) horror a la soledad que puede padecerse a cualquier edad?

Desde ya, la ciencia y este servidor, agradecidos.

5 de mayo de 2008

DE SEGÚN COMO SE MIRE...

Lo no recibido
-lo mío,
que no tomé-
en cada conversación
en cada escrito
echado en falta.

Pero también, ahora lo sé,
el discurso podría versar
sobre aquella firmeza de la piel
aquel deseo loco de leerlo todo
aquella ingenuidad en la alegría
-lo que no di,
que nadie tomó-.

Porque aun en el corazón
del desierto de mis veinte años,
atormentado
dolido
he sido manojo de luz.

Y aunque lo ignore
alguien no extendió su mano
y debería lamentarlo.

25 de abril de 2008

Oh, bienamada palabra
Teresa Arijón.


La piel, los huesos, la sangre puestos en esta tarde que aunque idéntica a otras –un fósforo alineado junto a sus compañeros en la caja-, es única.
Afuera, discreta, la lluvia.

Adentro, desde sus fotografías algunos difuntos queridos me custodian. Pero ¿lo hacen?, pues, prendida a sus ojos viene la que desde siempre me espera, la que sabe que suyo será el triunfo. Y un dolor, ladrón de aire y ganas, me roe, me hunde…

Sin embargo, mientras escribo, soy; los truenos, la tinta, el árbol de humedecido traje lo dicen. ¿Qué importa que mañana, como un tren con un pasajero menos, todo siga sin mí? Escribir hoy aquí es suficiente.

Es más, diría que lo es todo.

9 de abril de 2008

Eras las manos cuyo fuego apartaría por fin las mías de lápices, cuadernos y obsesiones; la boca de la cual brotarían con renovado brillo aquellas palabras, las siempre dichas; los ojos en los que, como en habitación refrigerada en verano, se hallarían a gusto los míos. Eras la esperanza.


Y ahora, no sos más que otra estampita iluminada en el altar de mis fracasos, otro nombre arrancado de las agendas, otra voz ahogada por los sicarios del silencio. El viento llevándose la última ilusión.

27 de marzo de 2008

PRONOMBRES

Ser por una vez
el vampiro,
no su dócil presa.


O mejor:


Ser por esta vez
el vampiro,
no tu dócil presa.

16 de marzo de 2008

Huellas de tinta negra abandonadas como al pasar, eyaculadas casi, en un cuaderno alguna noche remota.
Huellas de tinta negra como fotografías antiguas -de esas que nos avergüenzan-, escondidas, del acecho de la sonrisa burlona y el juicio preservadas.
Puestas hoy bajo mis ojos evocan una vida, una punzada que fue la mía. Huellas en cuyos trazos alienta el negro temblor de la tormenta.

6 de marzo de 2008

DESEQUI-LIBR(I)OS


“ 'Al leer experimentamos la dramática urgencia de vivir'. ¡Maravilloso!" (Frase y comentario hallados en un viejo cuaderno, un cuaderno de mis años mozos)

Ahora bien, la cuestión que hoy se me plantea (evidentemente no en ese momento, en mis años mozos): ¿qué ocurre cuando al leer sólo experimentamos la dramática urgencia “de continuar leyendo”?

¡Qué dios o Freud, te ayuden!

11 de febrero de 2008

GENTILEZAS ASTRALES

Es por todos sabido: hay días en los que nada parece encontrar su sitio, acomodarse, encajar. Días en los que, en el instante en el cual las cosas son aún bocetos y con alarmas nos reclama el trabajo, nuestros zapatos, presas de un insólito nomadismo, no amanecen en su lugar y flotan, vaya uno a saber por qué limbos. Más tarde, cuando el mediodía nos aguijonea el estómago, el almuerzo terco se empeña en quemarse. Y al atardecer, en el minuto en que nos urge vaciarnos del mundo y sus criaturas, hundirnos en el pozo de la memoria, el dial avaro nos escamotea nuestra emisora favorita y en su lugar escupe la voz aguardentosa de un pastor evangélico. (Pensamos, entonces, en el fanatismo de los conversos, y en esas canciones no escuchadas que hubieran sido la perfecta banda sonora para un edén fugitivo aquí, en la casa.)

En fin, de hechos importantes, nada, mas, encadenados, provocan la impresión del error de habernos levantado y de que lo más sensato hubiera sido permanecer en la cama dejando a los relojes, como atletas griegos, correr su incesante maratón; y confiar en una futura gentileza de los astros.

Mientras tanto, no nos queda sino elevar una plegaria para que sea sólo un día, uno solo, que estas desavenencias con el mundo no se propalen, pues la experiencia nos dice que a una de estas jornadas signadas por lo incumplido somos capaces de sobrevivir. Pero también, que una seguidilla podría ser el comienzo del derrape del que nuestros magullados corazones no consigan, tal vez, reponerse.

29 de enero de 2008

COLETTE, SIMONE, MARÍA Y YO

CLAUDINA EN LA ESCUELA
Por María Moreno.

"A los catorce años no me gustaba leer. En cambio miraba televisión durante casi todo el día. Veía Any Okley, El hombre del rifle, Papá lo sabe todo, Doctor Kildare, Pero es mamá quien manda. Había dejado el colegio, me veía feísima y eludía toda invitación con una frase que repetía como un mantra y con la que pretendía disimular mi angustia: “La verdad es que me da lo mismo”. Se me diagnosticó una depresión. Mi madre, amén de obligarme a dar libre el tercer año del secundario, pretendió ofrecerme una salida cultural. Cada tarde me llevaba a la librería Santa Fe que por entonces, creo recordar, quedaba entre Larrea y Azcuénaga. No compraba nada pero le gustaba detenerse a hablar con el librero que se llamaba Bernardo Carey; allí mismo, en alguna de las mesas, estaba su libro Adiós a la izquierda. Con vago interés yo miraba sus ojos celestes, sus anteojos de aro grueso y su mechón de pelo sobre la frente. Todo encajaba. Caramba. Aquel hombre no sólo era de izquierda (¿un comunista?) sino que ya había dejado a la izquierda atrás. Mucho no me impresionó puesto que seguí mirando televisión incansablemente.

Pero hubo una vez en que mi madre sí me compró un libro. En la tapa una joven de largo vestido romántico y pelo hasta la cintura, posaba frente a un pupitre; se llamaba Claudina en la escuela y era de Colette. Algo en la actitud de Carey me hizo sospechar que no era un libro para menores: una manera de desviar la atención de mi madre hacia otros libros cuyos títulos no recuerdo. Pero no la persuadió de que lo cambiara. Claudina en la escuela comenzaba así: “Me llamo Claudine y vivo en Montigny; aquí nací en 1884; probablemente no muera en este mismo lugar”. La frase era insolente, directa, prometía ¡Y cuánto! Las compañeras de Claudina se daban pellizcos, mascaban el lacre de las cartas y se hacían salvajadas inimaginables en un pueblo descrito como poco avispado. Sin embargo, eso no era todo. La directora de la escuela de Montigny era amante de su asistente y algunas alumnas, como la perversa Agnés y la débil Luce, formaban parte de ese lesbos adonde también había un voyeur, el dr. Dutertre, que manoseaba a las niñas y se acostaba con la maestra. Encima Claudina no tenía madre. La mía, en cambio, alarmada por mi expresión visión viciosa, la tele apagada y Claudina en la escuela siempre abierto, me quitó el libro y se ofendió a distancia con Bernardo Carey.

El psiquiatra me había recomendado terapia laboral, así que empecé a ayudar con los deberes a un par de chicos del barrio. El primer cobro me bastó para volver a la librería Santa Fe. Bernardo Carey me dijo que Claudina en la escuela no era un libro para chicas, pero me guiñó un ojo mientras me lo envolvía. No me preguntó que había pasado con el otro. El psiquiatra y la terapia laboral estaban de más. Colette me había curado al prescribirme para siempre el deseo de felicidad, la soberanía solitaria y el cultivo de todos los usos del pecado mortal. "


MONIQUE EN SU DIARIO
Por: Sergio P.
Cada vez que enfrento este texto (sí, lo he leído varias veces, incluida esta en que lo tipeé) me pregunto cuál de los libros que leí produjo en mí un efecto similar. Si me remonto a mi adolescencia, tampoco yo leía demasiado y sí -como Moreno-, veía mucha tele. Obviamente mis programas favoritos eran otros: V (invasión extraterrestre), El caminante, Brigada A, Los profesionales (que comparados con los de la Canosa eran unos ángeles), Las Vegas, Robotech.

Respecto de los libros, si bien de tanto en tanto hojeaba alguno, no sentía que ninguno contara entre sus habilidades la de modificar sustancialmente mi vida. Pero un día algo debió de suceder, algo importante, pues desde ese instante ya nunca pude apartarlos de mi lado.

“La mujer rota” de Simone de Beauvoir, es el primer título que me viene a la mente. Sí, ese fue uno de los primeros libros “serios” que leí. Antes había transitado por alguna colección infanto-juvenil. Pero a nivel de shock, a no dudarlo, ese fue el primero. Me impresionó sobre todo que la gente pensara tanto en su vida y en la de los demás, que la existencia fuera objeto de análisis. Sí, era eso, algo tan diferente de lo que veía a mi alrededor, donde la gente se ocupaba de sus asuntos (de los ajenos, también. Chismes que le dicen), pero no examinaba demasiado. Y yo quería eso. Yo ERA eso. Los que me conocen lo saben. De pronto sentí que cuestionarme las cosas no me hacía un bicho raro, o sí, pero no el único. Y eso, de algún modo me tranquilizó.

Y ahora la pregunta (sé que a algunos les fastidia este tipo de post, pero sabrán entender, es verano y no se me ocurrió otra cosa y, además, el texto disparador es hermoso) ¿qué libro causó un verdadero revuelo en tu vida? ¿por qué?

21 de enero de 2008

YO RECOMIENDO

Querido amigo blogger mendocino:

Para los próximos días, que un anciano meteorólogo de nuestra provincia pronostica calurosísimos, yo te recomiendo:

1. Si no puedes “tomártelas”, toma té helado –calma la sed y es muy agradable-, y evita, en consecuencia, las gaseosas que te inflaman como un zeppelín, engordan y están muy caras (hablo de primeras marcas. Las otras, ya se sabe, veneno. ¡Siempre soñé tener mi propio segmento a lo Lita de Lázzari!).

2. Reúnete con tus amigos (¿no sería ociosa cualquier explicación?).

3. Lee a Rubén Darío con paciencia, verso a verso, degústalo. Juro que es un placer entrar en contacto con una visión tan rica de la vida. (Si alguien me hubiera dicho en mi primera juventud que algún día iba a escribir semejante cosa no le hubiera creído. Está de más aclarar que los años no vienen solos)

4. Mira por las noches alguna película en Cinemax (por suerte quitaron el canal 9 que era una poronga y pusieron algo como la gente).

5. Ve a la “pile” con tus amigos y sus niños. Parece una tortura –y es-, pero también es muy divertido jugar al tío por un rato. Al mismo tiempo si, como a mí, la “pile” te acerca a los lugares de tu infancia y te cruzas con rostros casi olvidados, no censures el gozo que te provoca ver que algunos de ellos se han ajado más que el tuyo. Pues, aunque suene a maldad, no deja de ser una caricia para el ego comprobar que hay gente más baqueteada que uno. Todo esto al margen de que la “pile” es uno de los poco lugares en los que pueden tus ojos posarse sobre algún bello ejemplar de las nuevas promociones ¡Y sin culpas, amigo! Total, mirar sigue siendo, por ahora, ¡gratis!

6. Si se te ocurre un post, escríbelo. Si tu mente es un páramo, no te inquietes. Es la consecuencia del agotador año que acabas de atravesar y precisas del descanso para que las ideas vuelvan a formarse y circular.

7. Aunque el Sr. de la Concha se horrorizara por los errores ortográficos que cometes, chatea, envía mails, sms, o lo que sea. Después de todo es muy, pero muy bueno estar conectado.

8. Hablando de.... si tienes con quien, aprovecha. El sexo es saludable para la piel, los nervios, las cervicales, el propio sexo y mil lugares más. Pero, si me lo permites, te aconsejaría que lo pospongas –¡cuac!, juro que fue involuntario- hasta esa hora de la madrugada en que el calor cede un poco, porque a decir verdad “el efecto foca” (chuac, chuac, chuac) no resulta de lo más... ¿estético?

9. Y sobre todo, abstente de pensar en el largo año que te aguarda. Hacerlo es atentar contra tu placer actual, cagar tu día de hoy.


Lic. Sergio P., especialista en terapias alternativas.

31 de diciembre de 2007

UN POEMA OPTIMISTA PARA TERMINAR EL AÑO

Vivir como un sino, vida,
tu porfía en volverme la espalda,
sería acatar la derrota
cuando hay todavía vigor
en mis brazos
y empujan las miradas de los amigos
y algunas partidas merecen jugarse
y el dorado de una piel joven infunde la sed
y las voces de los libros abren
y encanta la luna entre nubes bogando.

Lo otro, lo que falta -porque
se fue o nunca estuvo-
lo que algunas noches
florece en lágrimas, aunque pesa,
no debería ser hoy pretexto
para abandonarse a la queja.

20 de diciembre de 2007

BÁRBARA BELLOC



De Espantasuegras:

3

Hossana:
Oculto osario

Apenas se puede mover el viejo, está hecho concha: todo blanquito y calcáreo, quietecito en el fondo de la residencia Egeo, sin una perla en la boca ni una moneda en los bolsillos, con los huesos ensanchados como una mantarraya y un abanico estático en la mano aun más estática. Está esperando la visita, mudo, tieso; un bailarín congelado en el aire en pleno salto y sometido de inmediato a rayos X cuyos efectos lo convierten en la idea de un muerto capturada en la fugacidad del movimiento, cuando comienzan a caer al suelo las costillas, las dos rótulas, el fémur, el sacro. Es una víctima nuclear, todo él digno de relicario; esperando el más allá como quien espera un barco que zarpó recién, como quien espera cura, o amor de parte de quien no ama. Parece un aljibe. Parece una fuente de agua sin agua, de piedra. Pero el viejo escucha todo, pero no lo que pasa: escucha el río que corre y los grillos de madera, la burbuja de la valva que sube a superficie, el crujido de la piel de la serpiente.

(recuerdo de la rambla)


Italo Svevo: Senilitá.
a L., desertora.




Que nuestras pupilas ya nunca alberguen la imagen de alguien, parece improbable en una ciudad tan indigente de recovecos como esta. Sucede, sin embargo, que los nombres resbalen de las agendas y se ahoguen las voces en el olvido y la algarabía de unas llaves nos deje de este lado para siempre. Seres amados o apenas vislumbrados que, como por un pase de magia, se esfuman sin dejar siquiera una estela tras de sí. Pero también, que aun en el vértigo de la ausencia algo perdure, asfixiante. Algo que acaso sólo encuentre salida en los poemas escritos a esos, los sigilosos desertores de nuestras vidas.

30 de noviembre de 2007

FE DE ERRATAS

Bajo la forma de un rostro, la vida nos extiende a veces la constancia del error en que hemos estado hundidos; un rostro que enuncia aquello que junto a nosotros pasó flotando en la corriente, y se encuentra ya, y para siempre, fuera de nuestro alcance, perdido.

Desde que te vi, anoche, después de duelos y arrugas y olvidos, en todas partes, insalvable, leo mi error.

23 de octubre de 2007

HOMOFOBIAS (O DE QUÉ TIENE QUE VER EL CULO CON SEMANA SANTA)

Un martes de tantos (si no fuera por esto, por la escritura y su capacidad de almacenamiento, debería decir: “un martes perdido”), un bullicioso grupo de adolescentes, cual secuaces de Francis Drake, aborda el colectivo en el que viajo, en el instante preciso en que los parlantes del estéreo del señor chofer se estremecen al son de “Persiana americana”. De la turba estudiantil, dos integrantes me interesan en particular, pues fueron ellos quienes me arrebataron del semisopor de mi pseudosiestasobrerruedas, cuando al ocupar el asiento anterior al mío dieron rienda suelta a la potencia de sus gargantas.

La escena, más o menos, se desencadenó de la siguiente manera:

Uno de los angelitos (cada día me pregunto cómo consiguen ese instantáneo sentido de pertenencia que les confiere el derecho, cuando no la obligación, de perturbar al resto de la humanidad. ¡Y después aparecen algunos con la cantinela de que los adolescentes tienen problemas para adaptarse!) viene y, como ya dije, se sienta delante de mí.

Unos pasos más atrás, presa de un “trance musical”, avanza el segundo, que en cuanto deja de aullar “yo te veré/ a través/ de mi persiana americana”, dice “¿viste? ¡esto es música...!” Y, ante, supongo, la cara de desconcierto de su interlocutor, aclara “¡Persiana americana. Soda Stéreo!!!!”.

A lo que el neófito responde con un tímido “ah”.

Entonces, el conocedor, remata, cree, con un “¡Me encantan, tengo todos los discos!”.

Y el otro, bastante escaso de vocabulario o de interés por el asunto, repite “Ahhh”. Pero en un rapto de lucidez o mala onda, y como una forma de descalificar los gustos musicales de su amigo, agrega: “Pero ahora el cantante, ¿cómo se llama? ¿Ceratti?, canta con este..., ¡ay...! ¿cómo se llama? ¡el trolo....! ¡¡Leo García!!! (así, con muchos signos). ¡Es re-trolo el tipo ese! (les advertí que el muchachito en cuestión, no obstante su educación privada, esgrimía una gran pobreza léxica).

Y el otro, en guardia, dice: “Ah, pero a mí me gusta Soda Stéreo. Cerati solo, no”.

9 de octubre de 2007

MI VIDA COMO ESCRITOR

Di mis primeros pasos como escritor, al igual que los otros, de la mano de mi madre, quien, creo, no soportó la cantinela de mis cuatro años y me enseñó algunas palabras. Confieso, sin embargo, que ningún afán de conocimiento me impulsaba sino los más pedestres –y humanos- celos de que mi hermano, que ya iba a la escuela, escribiera. Y si él podía ¿cómo no iba a hacerlo yo? O sea que, a un sentimiento más bien reprobable, debo mi ingreso en la patria de las letras.

Ya en la primaria, según lo poco que recuerdo, mis experiencias más frecuentes de escritura fueron las “redacciones” de “tema: libre” (libres, asimismo, de instrucciones respecto de lo que los aprendices debíamos realizar), que imprimieron en mí la idea de que escribir era una operación ejecutada en los suburbios del verdadero estudio, anexa al cansancio de la “señorita”, cuando no a su urgencia por dar cumplimiento a ciertas burocracias propias de su función –pasar notas, por ejemplo-, y cuya corrección se centraba casi invariablemente en los aspectos ortográficos, aunque también, de tanto en tanto, en lo imaginativo de la composición, que se aplaudía con un “muy original tu cuentito”. (¡Dios, qué larga me quedó esta oración!!! Pero se entiende. Punto. Aparte). En cuanto a las restantes producciones –una parva de dictados de palabras o de textos disciplinares-, discurrían de un modo más bien mecánico. Este apartado podría abultarse además con los trabajos del tipo “lean de tal página a tal otra del manual, y luego respondan el cuestionario”. Y a eso nos abocábamos: a copiar.

No muy distintas fueron mis prácticas en la secundaria. Es más, si no mediara la noción de “volumen” -ya se sabe: una asignatura, un libro-, diría que se trató de un calco de las del nivel anterior. Podría, no obstante, señalar una excepción: en el último año algunos profesores implementaron la toma de apuntes (“para que vayan acostumbrándose a lo que les espera en la universidad”, dijeron), eso sí, sin proporcionarnos una sola directiva de cómo hacerlo, lo que convirtió sus clases en mini sesiones de tortura, de las que asomábamos con las manos acalambradas y con la vaga sensación de que el futuro nos reservaba horas difíciles.

A la vista está que mis experiencias como escritor en los medios escolares no podrían calificarse de variadas ni interesantes. Lo más lamentable del asunto es que, sospecho, no se apartan de las de muchos argentinos de mi generación. Sin embargo hay, a mi juicio, un aspecto más problemático: que en una escuela primaria de pueblo o en una secundaria con orientación en comercio no se escribiera demasiado, vaya y pase; pero que en una facultad de humanidades, más específicamente en su carrera de Letras, la escritura fuera accidental, es serio, preocupante. Y es que en los años de cursado, si bien escribí -apuntes, resúmenes, informes, exámenes, dos o tres monografías-, lo hice guiado más por mi instinto –y, nobleza obliga, la rapiña estílística y conceptual-, que por mis profesoras, quienes dieron por sentado que sabía hacerlo.

En simultáneo, y al margen de la educación formal, mi escritura ha transitado tres etapas: la primera, decididamente “catártica” (poemas y diarios íntimos, que mucho no se diferenciaban, pues mis versos tenían la misma musicalidad que mi prosa: ninguna). La segunda, como instrumento de autoexploración o “narcisismo gráfico”, iniciada después de un larga temporada de inactividad (el contacto con las grandes obras de la literatura obró en mí una suerte de “mudez escrita”), me fue sugerida por mi analista. Finalmente, la tercera, extensión de la anterior –sujeto a indagar: el lenguaje-, surgió de la convicción de que sólo podía enseñar aquello con lo que estuviera familiarizado, y como no era el caso (había percibido que en mis clases, por inseguridad, demoraba el inicio de las prácticas de producción), decidí revertir la situación. ¿Cómo? En principio, leyendo textos sobre didáctica de la escritura que, aunque provechosos, se revelaron insuficientes; lo que me devolvió a mi intuición original –o de mi amigo Hernán, ya no lo sé- : “podré enseñar a escribir en tanto y en cuanto sepa hacerlo”.

Y en esas estoy. A modo de entrenamiento garabateo todo lo que puedo: posts para este blog, mensajes de texto, globales, mails, actos escolares, “conversaciones” en el chat, agendas, notas para la facultad, diarios… En fin, “socorros” en mi lucha cotidiana contra la porosidad de la memoria. Pero, también lo hago porque “escribir es”, al decir de Angélica Gorodischer –y adhiero-, “una de las formas de la felicidad”.

Y ustedes, queridos bloggeros ¿cuándo, dónde y de la mano de quién comenzaron a escribir? Y más importante aun ¿por qué continúan haciéndolo hoy, a una edad en que la infancia no es más que una foto en sepia?

25 de septiembre de 2007

VARIACIONES SOBRE -CASI- EL MISMO TEMA

I




Cuántas veces, aturdido por los tráficos humanos, se ha apeado y permanecido en el andén, solo como el capullo que en el jardín del invierno detona su color. Y después de larga ausencia, recuperadas la calma y las ganas: un puñetazo en la cara: la confirmación de que impávida la vida siguió su curso.




II




Desde el andén mira las partidas, las llegadas. Desde el andén mira y piensa: “debería comenzar a moverme”

1 de septiembre de 2007

MORFEO ESQUIVO

Morfeo juega a las escondidas conmigo que en espinosos laberintos -los del pasado, los de tu ausencia-, me extravío. Sin embargo, no renuncio. Tanto lo persigo que, al no encontrarlo, caigo en su trampa. Y ya se sabe que para el cazador la impaciencia es un yerro del que la presa se vale para prolongar su huida. Y al alba, diluidas las esperanzas, un peso en los párpados anuncia la vecindad del tan deseado. Mas, imposible que este encuentro demorado devuelva a sus fuentes la hiel que horas de pastillas y cigarrillos y sábanas enloquecidas, destilaron.

21 de agosto de 2007

UN HERMOSO NIÑO (o del placer de la relectura)



Ante el inventario mental de los libros leídos en los últimos meses, constato, no sin cierto estupor, que en lo que a lectura se refiere me comporto como un niño pequeño: quiero que una y otra vez me cuenten el mismo cuento. Es decir, no leo nada nuevo. (Acabo de devolver a sus legítimos propietarios tres o cuatro libros sin siquiera hojearlos, porque su presencia, con ese halo de amantes abandonados, me resultaba intolerable.) Sólo la relectura me depara cierto placer, y esto gracias a la facultad de los textos para renovar sus sentidos: son los mismos, pero otros.




Este fin de semana, por ejemplo, volví a zambullirme en el relato “Una hermosa niña” de Truman Capote. En él, se despliega la figura encantadora, vulgar, luminosa y siempre frágil de Marilyn Monroe. Esto que digo es lo que mi memoria había conservado de lecturas anteriores: la pequeña lo ocupaba todo. Pero en esta ocasión algo distinto ocurrió: por primera vez reparé en su compañero de aventuras, el propio Truman ficcionalizado (TC en el libro). El truco de Capote se asienta en presentarse como el opuesto exacto de Marilyn: cáustico, cerebral, cínico, revulsivo. Una anécdota sexual de “TC” con Errol Flynn resulta de lo más ilustrativa al respecto. Entonces, allí está: ante nosotros la pareja perfecta: la bella muchacha y el maricón de lengua afilada.




No obstante, este personaje, “TC”, contagiado acaso de la fragilidad de su interlocutora (¿de su interlocutora o de su nostalgia de ella? -eso nunca lo sabremos. Las cronologías nos dicen que las acciones narradas datan del 55, que Marilyn murió en el 62 y que el libro fue publicado en el 75; y esto, al fin y al cabo, es literatura-) el personaje decía, pierde hacia el final su máscara, cuando en medio de un estrépito de gaviotas y barcos, grita: “Marilyn, Marilyn, ¿por qué todo tuvo que salir así? ¿por qué es una mierda esta vida?” (más que nunca hay la impresión del aullido lanzado a través del tiempo y la muerte). Y yo, este sábado, no pude sustraerme a su influjo que me envolvió por los cuatro costados, tanto que, si busco un paralelo en mi vida debo remontarme muy lejos, a mis veinte años, cuando con un nudo en la garganta leía a Sartre, de Beauvoir, Arlt...




Ahora bien, sucumbir a la violencia de un enunciado que condensa un sentimiento que yo juzgaba adolescente, tiene para mí un significado por lo menos ambiguo. Porque, si por un lado, demuestra mi permeabilidad a este tipo de pensamiento; por el otro, no puedo obviar el hecho de que lo hace en el terreno de las letras y no en el de la vida, en el que tan a menudo me siento petrificado. Más tarde, y con la perspectiva que regalan los días, llegué a la conclusión de que no había inocencia alguna en el gesto inicial de tomar ese libro y no otro, pues su contenido me era familiar; y que quizás, lo que buscaba era avivar esa llama.




Y si, como afirma Hugo Mujica, “debería uno encontrar aquello que la poesía (literatura) nos hace ver y decir sobre nosotros mismos”, esta relectura puso bajo mi ojos la intuición, si no la certeza, de que aunque los años se amontonen a mis espaldas, no han modificado la afinidad esencial que aquel que fui tenía con cierto nihilismo dolido, desesperado y que, por lo tanto, en algún lugar (y esto es pura metáfora) continúo siendo un hermoso niño.



30 de julio de 2007

“-¿Hola?
-Sí, voy en camino. En cinco minutos llego.”







Casi todos, viajando en colectivo o caminando por la calle, hemos presenciado, acaso protagonizado, un diálogo semejante. Es que, de las nuevas tecnologías, no debe haber ninguna más difundida que la de los teléfonos celulares. Están en todas partes, incluso -y para sobresalto del incauto que olvidó apagarlo o silenciarlo- en momentos y lugares poco oportunos: en medio de una clase, en el silencio devoto de la misa, en el instante de mayor tensión de una peli, en la congoja de un velatorio…





Varios son los factores que han contribuido a esta difusión. Entre ellos, en primer lugar, cabría mencionar su multiplicidad de funciones: manantial de música cuando el mundo o el profesor se espesan, cámara de fotografías que salva del olvido esa última mueca de nuestro sobrino, odioso despertador, filmadora de situaciones íntimas (¡ojo, a cuidarse de esto, pues cualquiera puede ser el involuntario protagonista de un videíto, la mar de escabroso, en Youtube! Si no, pregúntenle a la joven aspirante a estrella que fue desechada de High School Musical Argentina por esta razón), y muy, pero muy accidentalmente envía-mensajes o teléfono.





Otro aspecto a tener en cuenta a la hora de evaluar el impacto de estos aparatitos es su costo, bajo en comparación con el de otros artefactos electrónicos -note books, cámaras digitales, etc-. Aunque claro, en esto como en todo, la oferta es muy variada, tanto como el volumen de la billetera del potencial usuario.





Asimismo, no es un tema menor la relativa sencillez de su manejo que los hace accesibles a públicos muy heterogéneos: niños de jardín, adolescentes que falsean el dónde y con quién se encuentran el sábado a la noche, señoras entradas en años y canas que urgentes apelan a sus “anteojos de leer” para responder un sms.





En fin, que viven entre nosotros: en la mesita de luz, en el bolsillo, en la mochila y otra vez en la mesita de luz, generando una ilusión de compañía y por ende, de menor soledad. Pero no es este el espacio para analizar estas cuestiones. Seguramente el futuro nos depara algún sesudo estudio sociológico que inventaríe sus beneficios y perjuicios. Por ahora, contentémonos con comprobar que están allí, aquí, al alcance de la mano, para saber que por suerte “mañana nos veremos”.

18 de julio de 2007

DEPRESIONES COMUNES

Cuando por la mañana una lápida sean las frazadas, y engranajes desgranándose semejen las rodillas, y protesten los ojos “que no, que no queremos saludar al astro rey”.




Cuando esplendan en la distancia los días de escuela, y portar un cuerpo equivalga a arrastrar una carcaza vacía, y un telón de cera obture el consuelo de las palabras y en maniática celda encierre…




Cuando todo –o algo- de esto os suceda, ese será vuestro día para “quemar incienso en los altares de la Diosa Química “




El mío, llegó. Desde hace unas semanas Foxetín pasea por mis arterias, y aunque aún –pero no lo comentéis con nadie - no soy feliz, confío. Y es algo, ya que no en mí, en una muy, pero muy -¡oh, paradoja!!- amarga pastillita.

5 de julio de 2007

En este declinante otoño


Yo sólo tengo vagos sentimientos poéticos…


Elizabeth Bishop







Una marea de gorros, guantes, bufandas y camperas crece e inunda las calles de color. Es que esta mañana, por primera vez en el año, el frío fue absolutamente irrefutable. Y yo lo vadeé en la añoranza de cierta tibieza. Pero -y para que fuera menos helada la soledad- también desempolvé mis guantes y mi viejo gorro gris.

19 de junio de 2007

JUGUEMOS

Las reglas del juego:




1. Cada jugador cuenta 8 cosas de sí mismo


2. Además de las 8 cosas tiene que escribir en su blog las reglas.


3. Por último tiene que seleccionar a otras 8 personas y escribir sus nombres/blog.


4. Por supuesto, no hay que olvidar dejarles un comentario - que han sido seleccionadas para este juego - y leer tu blog.





En cuanto Fabricio y Fabro me acercaron sus "amables" invitaciones para participar en esta “cadena de intimidades”, mi primer impulso fue declinarlas. ¿Por qué? Porque sentí que nada significativo podía agregar a lo dicho en este espacio -que bien podría titularse “Todo sobre mí”- en el transcurso del último año. Pero, como soy muy educado -además de un pelín exhibicionista-, me decidí a dejar de lado mis prejuicios, mis pudores (?) e intervenir. Y mis confesiones son:





1. Amo la literatura, tanto que, en épocas de misantropía, esta devoción me lleva a preferir un libro a cualquier persona.




2. (Relacionado con lo anterior) Tengo serias dificultades para lidiar con la realidad. Tengo, asimismo, testigos que pueden dar fe de ello.




3. (Vinculado con los dos puntos anteriores) Adoro a mis amigos, que a su vez aman lo libros, y que a lo largo de los años han puesto en práctica su generosidad al crear una realidad paralela en la que puedo cómodamente insertarme; realidad hecha de humor, palabras y mucho, mucho afecto.




4. Aunque no ignoro lo dañino que es, amo el cigarrillo, pues ha acompañado –cuando no propiciado- algunas de las conversaciones más intensas y hermosas que he tendido en la vida. Además claro, de haberme obsequiado, allá lejos y hace tiempo, a mi amiga Lorena.




5. Fruto de una adolescencia acaso demasiado seria, he conservado un desprecio violento hacia la frivolidad. Sin embargo, los años me han enseñado que simplemente no es posible “ser sublime sin interrupciones” y que, de tanto en tanto, es necesario, imprescindible, relajarse y gozar. Pero esto aún es sólo un aprendizaje.




6. Detesto esos instantes en los que mi comportamiento evidencia lo oxidado que se encuentra mi sentido del humor. Por suerte hasta ahora son sólo momentos.




(La séptima y la octava se las debo pues en este momento no se me ocurren.)




Y así, entre estos amores, estos desprecios y algunas pastillas va mi vida. ¿Adónde? Sin respuesta.




Y ahora el momento espinoso de todo este asunto… los encargados de continuar esta cadena son: quebrantapájaros, anto, fragaria, Fabricio, fabro, Paula, Luisgui y Alejandro.




Nota:
Querida Paula: Sé muy bien que no es ud la feliz poseedora de un blog (¿por qué? Es una picardía que sólo limite sus participaciones a comentar), y aún a riesgo de contrariar las reglas de este juego y que el Dios de estas cosas de Internet me castigue, la invito a que deje en este espacio sus confesiones. Ud sabe, por mis comments en otro blog, que me “deliro y me desplumo” por bio y autobiografías, diarios, memorias, confesiones, etc. (Aquí está la séptima confesión) Obviamente, no iba a perderme la oportunidad de practicar mi inofensivo vicio con ud. .

8 de junio de 2007

BAGATELAS II: Lo fugaz

Unas palabras dichas y unos besos dados una noche brillante de sudor. Debió quedar en eso.




El añadido inútil: la curiosidad de mis uñas astillada contra la coraza de su silencio -nunca supe de la música que acompañaba sus días, ni qué secretos le susurraban sus piedras, ni a qué juegos jugó su infancia en las márgenes de cierto río-.




Es que tal vez sus ojos vieron claro que sólo eso debía ser: unas palabras, unos besos y el calor de la noche de verano.

30 de mayo de 2007

Pero hoy las musas han pasao de mí


se habrán ido con el Nano.


Sabina






Quieto, frente al teclado acecho el arribo de las palabras (ah, tan dulce sería que se acercaran, me rozaran); tan quieto que se diría evito cualquier movimiento que pudiera amedrentarlas. Sin embargo, nada sucede.




Entonces, tímidamente comienzo a mover los dedos. Mas como las palabras hoy me esquivan, resbalan, no atrapo ninguna. Y esta deserción “palabreril” no deja de ser una afrenta a mi modestia a la que unas poquitas saciaban; esas, las que te convocaran, las que sólo para mí dibujaran tu rostro.




Pero ya lo dije, las palabras están hostiles, inmunes a mis encantos. ¿Será que han sucumbido a seductor más avezado y habitan ya, más cómoda morada? (www.quebrantapajaros2.blogspot.com)




Y mis fantasías textuales, se deslíen en la impotencia de este escribir sobre la imposibilidad de hacerlo.

23 de mayo de 2007

Si aun en lo negro prestara oídos al susurro de la vida, si no olvidara tan a menudo que tiene siempre algo que decir, y lo dice, en el bullicio que cada primavera hospeda mi jardín; en la negativa de esos obreros a regalar el sudor de sus cuerpos; en las historias que flotan junto al vapor perfumado en las cocinas; en los niños nacidos incluso en la sordera a la imposibilidad de prolongar sus vidas.




Si eso hiciera, si todo yo fuera un escuchante, sospecho, me aproximaría a una más pura forma de humanidad, esa que, oculta, siento latir en mí.

15 de mayo de 2007

TRIBULACIONES DE UN LECTOR

Todo el día he leído. Parte de la mañana se escurrió mientras husmeaba los restos del naufragio de un amor, restos hechos de palabras, las de ella. Ella que deambula por los cuartos buscando al ausente, diciéndole “querido”. En tanto que el bochorno de la siesta me sorprendió oyendo las voces de una mujer y un hombre, franceses, dedicados en cuerpo, pluma y alma a batallar contra los desquicios del poder. En estas horas Idea, Simone y Jean Paul, que de ellos se trata, sus vidas, sus desprecios, sus recuerdos han sido para mí más nítidos que los muebles de mi casa.




Mi desdicha entonces, la de un lector (¿la de todos?), estalla muy entrada la tarde al salir a la calle y encontrarme con eso que llaman “realidad” que para mortificarme adopta rostros diversos, encaramados todos a sus pedestales de tontería y vulgaridad.




Y quisiera que esas situaciones no me alcanzaran tan desprevenido, que la literatura fuera el paraguas para capear las tormentas que el mundo desploma sobre mí.

25 de abril de 2007

Esta vida vale lo mismo que otra.


Simone de Beauvoir.




Desatento a las indicaciones del almanaque que estrenó ya otoño, el sol calcina la tierra. Como en otras ocasiones, dos amigos trajinan las calles del pueblo. La diferencia es que hoy, después de largo tiempo, lo hacen solos -los niños, los de ella, han quedado en casa al cuidado del padre-. Como antes, fuman. Y mientras caminan y fuman, enumeran sus fracasos: autos, viajes, billetes -invariablemente ajenos-; también sus pérdidas: belleza, ganas, juventud. Si no fuera por el modo en que estas cosas son dichas, pasarían por dos perdedores. Pero el humor inflama las velas, se cuela entre sus palabras y las carcajadas espantan la amargura. Y sí, erigieron sus vidas -material y espiritualmente- en los suburbios del mundo; y aunque de tanto en tanto no puedan esquivar los dardos del desaliento, se saben marginales, polizones casi, y lo disfrutan; saben además que, pena más pena menos, conservan intactas las ganas de reír. De todo: de ellos, de las asperezas de su oficio, de los amantes que se evaporan antes de llegar, del miedo a la vejez y la muerte. Y esto, porque también saben -de una forma oscura, pero lo saben- que pese a todo se tienen.

26 de marzo de 2007

Escribo: "el niño ha caminado hasta aquí". Sin embargo, en cuanto lo leo, percibo en el aire el tufillo del error. No, no se trataría de un caminante sino más bien de un náufrago, alguien arrastrado por las mareas de la vida, llegado a este punto sin intervención de su voluntad. Y él, silencioso, diríase un bosque apacible, sin signos que revelen la presencia de las bestias que lo habitan, bestias seducidas, apaciguadas por la música de los libros. Mas el niño sabe que un peligro acecha: no es eterno el encantamiento de las palabras.

14 de marzo de 2007

La buena gente sabe dónde está la felicidad


Juana Bignozzi







Los domingos en un pueblo abrazado por viñas, ido el sol, la gente pasea. Da lo mismo si a pie o en auto; el caso es que lo hace, al no tener por horizonte horario alguno, lentamente. Ese andar demorado deja constancia de que en pobres alacenas yace el sustento. Aunque también, podría leerse como el insulto de los obreros a la urgencia del amo de que nunca nada se detenga, ya que es en esta velocidad donde radica la clave del ensanchamiento de sus arcas, las del patrón, hasta lo imposible, lo escandaloso de ignorar sus dimensiones y no saber ya qué hacer con ese oro.




Pero la gente el domingo abandona el juego, y al caer la tarde, en un pueblo, derrocha su tiempo en la pura felicidad de un paseo.

2 de marzo de 2007

VERSIONES

Patética



Y luego, a tu cara en mi memoria, hurtáronmela malvados los días.




Despechada



Y después (a dios gracias), a tu cara en mi memoria, se la devoraron los días.

16 de febrero de 2007

Lo que no pasó


se entromete, tanto


es lo que no pasó


Olga Broumas







Si lo hubieras querido…




Si hubieras, por un instante, bajado esas defensas quizás forjadas en el yunque ingrato de la decepción; si la decencia de los señores del gobierno no hubiera decretado la muerte prematura de la noche; si hubieran tus ojos leído algo de la fascinación impresa en los míos.




Yo, gustoso, habría sido el que ofrenda el cadáver de su soledad; el esclavo que aun sin ganas celebra las ocurrencias del amo; la voz que al amanecer espanta el miedo, convoca el sueño




Si sólo lo hubieras querido.

2 de febrero de 2007

La imagen de un hombre viejo escribiendo frente a una ventana le sale al paso. En ella, intuye, se cifra todo el horror del futuro: un final tejido de ausencias. También, el alcance de niños en una casa: sin esas voces que llegan desde el patio, el mundo se vacía, deviene en eso: un viejo solo, frente a una ventana, escribiendo.

21 de enero de 2007

MIRADAS

No hay nostalgia peor
que añorar lo que nunca jamás sucedió



J. Sabina





I


Pasados los años me mira y su mirada, como antes, me intimida.
Una escena ocupa de pronto mi memoria. Es en un bar. Sentado a una mesa vecina hay alguien a quien al principio no percibo. Luego, sí, y lo hago porque me observa. La sensación es, diría, de una dulce extrañeza. Un amigo pregunta si conozco a esa persona. Respondo no, no la conozco. Ah, porque te mira, dice. Fin de la escena.


Si ocurrió una vez o se repitió, eso no lo recuerdo, aunque prefiero creer que lo que ha subsistido es una síntesis. Sospecho además, que si mi mente ha preservado este espacio es porque en él me siento halagado, satisfecho. Pero entonces la duda prospera y ya no estoy tan seguro de que fuera deseo lo inscripto en esas pupilas.


Y mortifica ignorar el sentido de aquella y de esta miradas.




II


Sus ojos, una eternidad perdidos, recuperados esta noche; sus ojos, arrojados contra mi vida, hablando de días que de tan antiguos creía olvidados, días en los que nada floreció, en los que las palabras no fueron proferidas.


…Y la violencia de encontrar en el mundo, de que en el mundo exista algo, sus ojos, que encarna mi miedo, mi desidia, mi torpeza.

16 de enero de 2007

EL REINO DEL AMOR

Es domingo, domingo a la siesta. Y como es domingo a la siesta y tenemos resaca y no hay en la casa niños de los que ocuparse, nos echamos sobre un sillón frente al televisor a ver una comedia romántica, que para más datos, dieron ya unas 352 veces otras siestas dominicales. Y aunque las odiemos, por obvias y descafeinadas, no tocamos el control remoto, pues nuestro plan b, el superclásico, resulta aún menos estimulante.






¡Ay, de las comedias románticas! Una trampa en la que, de tanto en tanto, caemos, para que una vez allí su veneno nos sea inoculado; veneno hecho de la más vil de las sustancias: el sentimentalismo.






Comedias del tipo Alguien como tú, en la que Greg Keneear luego de decirle a la protagonista (Ashley Jude) que la ama (¡¿había necesidad?!), y sin mediar explicación alguna, la abandona. Y nosotros ahí, quietitos, mientras tomamos algo que apacigüe nuestro fuego estomacal y nos juramos no volver a ceder a las tentaciones de Baco, compadecemos a la pobre chica que tuvo la candidez de caer en las sutiles redes verbales de un cuarentón rubio y de ojos azules. Ni por un instante supongan que hay en el horizonte reflexión alguna del tipo: “si la monogamia es absurda, lo más sensato sería que nos educaran en la fe de la monogamia sucesiva” (hoy te amo a vos, mañana, quién sabe) pues en este género, a fuerza de golpes bajos, sólo experimentamos emociones primarias. A saber:






a. ira hacia el adúltero (¿cómo es posible que Dennis Quaid en Something to Talk About engañe a Julia “dientes como perlas” Roberts, con una rubia de lo más desabrida?);






b. desprecio hacia el tonto (¿puede alguien en su sano juicio correr tras Cameron Díaz, dejando abandonadita a la sublime Julia? Película: La boda de mi mejor amigo. Tonto: Dermont Mulroney)






c. y siempre y en todo momento, la más absoluta identificación con el / la sufriente. En estos casos, la pobre Julia que, a la vista está, ha nacido pa sufrir.






Y en sintonía con nuestro estado de ánimo, que no suele ser el mejor (ya lo dije, es domingo, anoche salimos y seguro las cosas no fueron bien, pues ya se sabe lo duro que está el mercado), atendemos a esta o aquella escena, preferentemente las patéticas, tanto que, en ocasiones ni siquiera reparamos en el “happy end” que tuvo la historia (es una comedia romántica, ergo, debió tenerlo). Pero los domingos a la siesta, ni matrimonios recompuestos, ni limusinas con sonrientes parejas camino del altar calan en nosotros, sumidos como estamos en este sentimiento de domingo, que cada domingo nos asalta.

12 de enero de 2007

Este pequeño post podría titularse "De cuando un primate intentó modificar su blog y lo cagó" o "Quién me mandó, si no sé nada de nada" En fin, que mi último post, el anterior, desapareció (perdón Adrián, tu comment se fue con él) y los más más anteriores aparecen con cambios indeseados. En fin, prometo solucionar en breve. Lo que sí, esta plantilla, la que generó todo este caos, es más linda que la vieja (En realidad, no lo sé, pero me lo digo para conformarme)

30 de diciembre de 2006

A mis amigos. Los viejos, los nuevos, todos.







Todavía es tiempo. Sí, lo es. Aún la vida no ha arrojado sobre nosotros sus más venenosos dardos. El cuerpo funciona, también el cerebro; los spleenes, aunque intensos, pueden vadearse. “Aún es tiempo” me digo, “lo mejor de lo bueno está por llegar”. La imagen de una meseta flota en mi mente.

6 de diciembre de 2006

NAVIDADES EN FAMILIA

Y como ya falta poco, y me imagino que será idéntica a otras, refloto este texto. De paso, si quieren, me cuentan cómo son las navidades en vuestras familias. Y dice:






En la insoslayable conversación homofóbica de la sobremesa navideña, mi muy católico primo cuenta el siguiente episodio:





Dos sacerdotes (para más datos, amigos suyos) miran TV en el momento en que actúa Antonio Gasalla. Entonces, uno de ellos dice: “¡Qué cara de trolo tiene!!” Y el otro agrega: “ Y voz también“. Por supuesto, el primero entiende “y VOS también” (y bue... por muy curas que sean hablan en argentino), ergo, se atraganta en un prolongado “Ahhhhhhh”. Y el segundo, el mal pronunciado, desesperado, aclara: “Nos vos, sino la voz que tiene”. Y el primero: “Ahh“ (esta más breve) Sobreviene la calma eclesiástica.





La cuestión es que, sospecho, en esos segundos de confusión, el escarnecido habrá deseado para el ofensor tormentos varios que van desde un campamento de refugiados en África, pasando por el infierno, hasta llegar a una semana al servicio del Papa Juan Pablo II (esta historia es pre Benedicto XVI, y no creo que, de haber ocurrido en este papado, el insultado hubiera ido tan lejos con sus malos pensamientos)





Terminado el relato, y como corresponde a un grupo de machos “argentinos”, nos reímos a mandíbula batiente. Sin embargo, lo que nadie dijo, y estoy seguro rondó los masculinos cerebros de mi familia, excepto claro está, el de mi muy apostólico primo, es por qué habría de sorprenderse tanto el cura de que lo creyeran maricón, ya que todos lo son. Porque, para el argentino medio los curas son putos o, al menos, algún “defectillo” tienen, pues si no, no se entiende que no garchen.




Y entonces, me imagino a cualquiera de mis tíos preguntándome (como estudié letras, paso por ser una especie de diccionario ambulante): “Eh, sobrino: ¿cómo le dicen a no garchar?” Y yo: “Celibato, tío”. Y mi tío: “Sí, ahora le dicen así... “

27 de noviembre de 2006

Y ENTONCES LA MINA LE DICE...

A través de los años, mil veces dijimos u oímos estas palabras mientras contábamos o nos contaban una peli. En la oscuridad de los cines, en el calor de las siestas frente al televisor, hemos visto películas, algunas de cuyas imágenes están (frase nunca dicha) “grabadas a fuego en nuestras retinas”: Rambo con más costuras que una colcha vieja; Woody y Diane sentaditos en un banco contra un fondo de postal de Manhattan; Olmedo y Porcel, encelados, correteando a Moria y a Susana; Briggite celebrando su creación; Marisa, la pobre Marisa, incapaz de quitarse sus botines; Camila y Ladislao besándose “acaloradamente” (muy acaloradamente para mis trece años) en un carruaje que los aleja de la ciudad... Imágenes, imágenes, imágenes... Pero ¿y las palabras? ¿no es el cine, después de todo, una combinación de ambas? Y, por más que lo intento, las palabras, las que se corresponden con estas imágenes, resbalan, no llegan.




No obstante, en un esfuerzo de mi memoria, traigo, recupero un par de diálogos que ni siquiera sé si son exactos. Es más, diría que no lo son, porque ya se sabe: “la memoria es modificación...”





Ahí van:




Película: El objeto de mi afecto. Hacia el final Jennifer Aniston hermosamente triste y desgarrada le dice al muchacho del que está enamorada y que, para variar, no la ama (y bue... Jennifer ¡ya vendrán tiempos –tipos- mejores!): “Josh, quisiera poder verte y no sentirme tan dolida” (esto en el subtitulado, y les aconsejaría, queridos lectores, que se conformen, porque si esperan algo de mi muy macarrónico inglés, van muertos)





Luego recuerdo a una Kika excitada, fuera de sí, buscando algo (¿alguna claridad en su vida?), que intima al hombre con quien vive, y que por momentos roza el autismo (cualquiera lo rozaría frente a la cháchara de esa mujer), a hablar. El diálogo es más o menos el siguiente: (ya se sabe que el sonido defectuoso de nuestros cines no obligó durante años a adivinar lo que los actores, especialmente los españoles, decían)





Kika: -Ramón tenemos que hablar
Ramón: -¿Y de qué quieres que hablemos Kika?
Kika: -De ti y de mí, Ramón, ¿de qué va a ser? ¿de Sarajevo y de Somalia y de toda esa parte de por ahí?... de ti y de mí, Ramón.






Y ahora, el propósito del post: que compartan conmigo aquellas palabras que el cine les regaló, y que por alguna razón, la que fuere, calaron hondo en sus corazones (y ya está visto: hoy, soy el reservorio de los lugares comunes).





Bonus track: de regalito, un parlamento que mi amiga Lorena y yo nos repetíamos machaconamente allá lejos y hace tiempo y que, ahora que la recuerdo (a la frase), la extraño (a mi amiga). Es de, la también española, Amantes y se la profiere una susurrante Victoria Abril a un atribulado Jorge Sanz: “-Mátala Paco, mátala...”

21 de noviembre de 2006

AJUSTE DE CUENTAS

Diría que tengo vagamente ganas de morir.
Marguerite Duras



Quince años, apenas quince, y ya el peso de la vida ha comenzado a doblegarlo. La caída de Dios abrió en el cielo una herida vertiginosa hasta la náusea, que durante un tiempo aún no será suturada por los libros; en la novedad de su cuerpo ha florecido un deseo nocturno, asfixiante.

(En el centro de la imagen un polvo amarillo; un polvo que se guarda en lo alto de un armario, fuera del alcance de los niños)

Es en lo más inmóvil de una siesta del verano de sus quince años, cuando sobre él se despeña el ansia de no resistir, de abandonar, abandonarse, emprender la fuga que dejara atrás al cuerpo. Esta sensación que hoy se estrena, será luego, invariablemente, trueno o relámpago en el centro de sus tormentas personales.

(El mismo polvo, que según dicen, usó la chica aquella, la del colegio, el otro verano)

Sin embargo, el acontecimiento no se consuma. Es que adherida a esta impresión aparece otra: el miedo. Un miedo que corre frío por la espalda, que desquicia los dientes; y que desde ese instante, y tal vez para siempre, sea el vencedor de todas sus batallas.

(Ese polvo amarillo, intacto, ligado a mi vida)

13 de noviembre de 2006

DE LA PRESENCIA DE SECTAS EN MARICOLANDIA

“Apurad, que el sol nos dice
que llegó el final
por una noche se olvidó
que cada uno es cada cual”

J. M. Serrat. Fiesta

La situación es, más o menos, la siguiente: todo el arco de la humana fauna de esta ciudad de provincias, que en su versión heterosexual se disemina en multitud de boliches (los negros acá, acullá los rockeros, aquí - y sin vestimentas deportivas- los viejos, los modernos más allá), en su segmento gay, se concentra en un solo lugar. Es así que, y como muestra de que en Mendoza hay locas de todas las clases (sociales), vemos varias sectas apilarse en el angosto espacio de un local bailable con nombre pretendidamente glamoroso: “Queen”.

Sin embargo, esta convivencia nada significa; o sí, quiere decir que estas personas que por un rato se codean, respiran idéntico aire, usan el mismo mingitorio, en la mayoría de los casos preservan las diferencias del afuera (“la zorra pobre al portal / la zorra rica al rosal“)¿La prueba? Grupos que, como hermanitos cuya madre les hubiera prohibido separarse, deambulan provocando en el espectador la impresión de rebaños de distintas especies en un mismo corral.

Encontramos entonces, la secta de las “latinas-de-bamboleantes-caderas”, émulas de las Thalías y las Paulinas, cuando no de las Shakiras; que cumple un rol similar al del tío alegre de los casamientos: levantar la fiesta.

El segundo grupo es el de los “Gregorys boys”: prolijamente encamisados, bienolientes, bienhablados, bienmovilizados; en fin, chicos bien, que desde la distancia de su champán o su vino espumante de primera marca, miran a la plebe al tiempo que fruncen la nariz (mueca heredada, acaso, de sus muy finas mamis), niños-hombres que de tanto en tanto se permiten el gesto ancestral de los machos de su clase: ceder a la tentación de una proletaria piel joven, gesto que, acentúa la distancia que los separa de sus oscuros (aún más oscuros en la tiniebla del Chucky) objetos de deseo.

El tercer grupete, el de la chicas, si brilla lo hace por su ausencia. Pues entre tanta testosterona, se pregunta uno dónde quedaron las discípulas de Safo, o qué temible Platón las excluyó de esta republi-Keta de la “diversidad”. Y fastidia constatar el renovado vigor de la sentencia “divide y reinarás”.

Y en medio de estos y aquellos: los que no pertenecen a ninguna de las hermandades, parias que, oscilan entre una pose rígida, exageradamente masculina y otra, alud de plumas y de strass, infundidas por los ocasionales acompañantes. Grupo este, sin identidad visible, apéndice tal vez, de la muy desdibujada clase media “del mundo real”.


En fin, dónde quedó la Fiesta de la que habla Serrat, la fiesta de pueblo en la que “el prohombre y el villano/ bailan y se dan la mano/ sin importarles la facha”, no se sabe. Yo no lo sé. Pues si hay algo que en la “maricoteca” importa es, precisamente, la facha.

6 de noviembre de 2006

POSTALES ESCOLARES I

Alumno: -(a un compañero)... sabías que los gatos ladran, ¿no?
Profesor:- (con tono profesoral) no, Matías, los gatos no ladran, los gatos maúllan!
Alumno: - Profe, Ud dice eso porque no escuchó cantar a Nazarena en lo de Tinelli!
Profesor:- Sí, la oí. Y tenés razón Matías: esos gatos…también ladran.

1 de noviembre de 2006

TECNOLOGÍAS

Durante siglos para aniquilar al enemigo era imprescindible entrar en contacto con su cuerpo. Luego, tecnologías mediante, no fue necesario. Para los que rondamos la treintena es historia harto conocida aquella de que con sólo oprimir un botón, rusos o americanos, podían desintegrar una ciudad, un país o incluso el planeta. Salvando las distancias, me encuentro hoy en una situación equivalente: al alcance de mi dedo está la tecla que te hará desaparecer para siempre de mi vida, sin la molestia del contacto, de la mirada. Y aunque no sé si es lo que quiero, lo hago. El resultado: un indiferente “Entrada borrada”, que nada sabe del abismo que ha abierto entre los dos.

20 de octubre de 2006

Posadas en las ramas del duraznero, diminutas flores, auguran dulzuras en verano; el viento empuja leves nubes blancas, más blancas aún contra ese muy intenso telón azul; el techo de la pequeña casa vecina, es un imán que atrae sobre sí todo el sol. Y mi ventana que me abre al exterior, a eso que acontece fuera, más allá. Un estado perfecto para esta mañana, en que no quiero, en que no puedo, permanecer en mí.

13 de octubre de 2006

De pudores perdidos

Si en este instante alguien, un amigo por ejemplo, lo interrogara acerca del curso de su existencia, seguramente, por elegancia, por pudor, contestaría: “bien, estoy bien”.

El caso es que, cuando es él quien se formula esa pregunta y tiene la decencia de no mentirse, no puede responder semejante cosa. Curiosamente, tampoco lo contrario. Días estos en los que, como un autómata, vaga con el sentimiento de que la vida le regatea su presencia. Y este hecho que antes le hubiera pasado inadvertido ahora lo mortifica, pues, de un tiempo a esta parte, lo persigue la necesidad de que cada momento imprima su huella. Y he aquí el problema: al inventariar esa masa de acontecimientos que conforman su vida, son infrecuentes aquellos dignos de consignarse como “recuerdos del porvenir”.

La consecuencia (por conocida no menos temible), es el abatimiento. Y aunque sabe también (porque se lo han dicho, hasta el cansancio se lo han dicho) que debe aprender a sobreponerse, a ser más sólido que los vientos de sus dudas, sus angustias, sus fracasos, tampoco ignora que un diagnóstico preciso no garantiza los resultados. Entonces, la pregunta de siempre, la de cada mañana apenas salido de las brumas del sueño: cómo seguir, cómo.

2 de octubre de 2006

Lunes optimista

Podría darse el caso de que en un momento del cual nada se esperara, algo sucediera. Su noche sería tal, que no habría la posibilidad de saber qué es, ni que nombres le sentarían. Se ignorarían, asimismo, sus consecuencias. Aun así, seguiría siendo “algo”. Algo que dirigiera nuestras vidas por uno o dos días y que, tal vez, nos impulsara a salir en pos de otros “algo”, que colmarían a su vez otros dos o tres días, y así sucesivamente. Seguramente se les ajustarían cualesquiera de los nombres de lo trivial.

Pero también podría ocurrir que alguno de esos “algo” fuera más que eso y empujado por su propia fuerza se irguiera hasta transformarse en una evidencia, un centro. Para designarlo, se recurriría a una de esas formas privilegiadas que escapan al tiempo y al olvido.

Y entonces, el ahora nombrado, prolongaría sus raíces alma adentro, circularía por nuestras arterias, modificaría el tono y la textura de nuestra piel y acaso, nos restituiría al fin, la ilusión de siempre esperar algo.