18 de julio de 2009

QUEREMOS TANTO A DIANE


En una conversación de la que participé tiempo atrás, alguien, casi al pasar, deslizó un: “No sé por qué les gusta tanto Diane Keaton, si ni siquiera es linda”. Maldiciones al margen, ese comentario me llevó a interrogarme sobre los motivos que hacen de esta actriz una de nuestras favoritas. Ahora, ¿es necesario analizar aquello que se ama o mejor es simplemente disfrutarlo y ya? Es posible que ésta sea la solución adecuada. No obstante, si escudriño esta devoción es porque me apetece hacerlo; y si escribo sobre el asunto, quizá sea con una intención persuasiva. Léase: abultar la secta de adoradores de Diane.

En principio, cabría afirmar que la amamos porque es una actriz de cine y eso marca una diferencia. Es decir, hay mujeres ampliamente conocidas, populares; mujeres en cuyas manos se encuentran los destinos de millones de personas, que pueden ser muy respetadas, admiradas, temidas incluso, aunque muy raramente amadas. La excepción tal vez sea Eva Perón, pero ya sabemos que también ella gastó suelas en los sets cuando su apellido era el más descamisado Duarte. Es que el cine, nadie lo ignora, rodea a sus “trabajadoras” de un halo de magnificencia, más hijo del misterio que de la razón. Si no ¿cómo puede Meg Ryan, la insipidez personificada, tener tantos admiradores? Y, en ese universo, Diane es una estrella. Vamos, que ni tan famosa como Julia (aunque ahora Julia solo brilla por su ausencia), ni tan divina como Greta, pero estrella al fin.

Dos mojones signan su camino cinematográfico: la saga de El padrino y su ciclo a las órdenes de Woody Allen. En cuanto a la primera, esa chica tan americana contrastando con el súper italiano Michael Corleone (contraste que se agudiza en la segunda y en la tercera partes, cuando la desilusión y el temor le ganan la partida al amor), supuso un más que auspicioso debut. Con respecto al “ciclo Woody” (El dormilón, Manhattan, Interiores, Misterioso asesinato en Manhattan), es en él donde se convierte en un ícono: la neoyorquina culta, conflictuada, moderna (incluso en La última noche de Boris Gruchenko, filme de época, es moderna). La ropa, los gestos, las actitudes, aun los planteos que aparecen en los textos escritos por Allen, están (reconocido por el propio director) inspirados en Keaton. Aunque ella ha declarado que lo que hizo Allen, especialmente en Annie Hall, fue idealizarla.

Luego, ya instalada en Hollywood, realizó una serie de películas, unas mejores que otras: Esperando a Sr. Goodbar, Mrs Soffel, Reds (en la que pone de manifiesto su faceta de activista), ¿Quién llamó a la cigüeña?, Crímenes del corazón, El padre de la novia, Alguien tiene que ceder, figuran entre las más atractivas. ¿Qué decir de esos trabajos? Que más allá de la solidez en sus actuaciones dramáticas, es la comediante la que deslumbra. Una comediante que al manejarse dentro de un registro realista se distancia de las grandes trágicas (Meryl, Glenn) que, cuando descienden a la comedia, suelen exagerar la nota. De sus “labores alimenticias” surge la impresión de “hago esto –no muy brillante- para pagar aquello” (produjo, por ejemplo, Elefant de Gus van Sant). Pero, aun en estos casos, es interesante el modo en que se las ingenia para inmiscuirse en proyectos en los cuales “el qué” (feminismo, pena de muerte) importa más que “el cómo”.

Sin embargo, intuyo que al margen de estos valores “objetivos”, la amamos porque allá en nuestra adolescencia, cuando nos sentimos -¿nos hicieron sentir?- los raros del colegio, toparnos con alguna de estas películas (en mi caso Manhattan y Annie Hall) nos ayudó a comprender que la inteligencia, la gracia y la neurosis eran perfectamente compatibles. Que no estaba mal cuestionarse, que también la vida iba de eso.

En un relato de Manuel Puig, incluido en Los ojos de Greta Garbo, dos locas italianas sumamente apenadas por la muerte de la espléndida Silvana Mangano, hacen lo que hago hoy: desgranan una historia de amor. Seguramente así de tristones nos hallará, a mi amiga Lorena y a mí, el nefasto –y ojalá lejano- día en que Keaton “salga de gira para siempre”. Aunque esa partida tendrá su consuelo: el de ver a Annie enfundada en sus trajes masculinos caminando las calles de una mítica Manhattan. Así sea.

4 de julio de 2009

MUERTO DE CURIOSIDAD




Saber si me leyó, quisiera.
Saber si gusta de eso que leyó.
Saber si a través de eso que le gusta,
un poco siquiera, también le gusto yo.

25 de junio de 2009

INVENTARIO


Para P.

Este haber devenido el primo pobre que no llega a fin de mes, la tía que acampa en la entrada del banco dos días antes de la fecha de cobro, que en primera instancia podría leerse como un fracaso, no es tal si se piensa que la posesión nunca fue el objetivo. Si se quiere, el error reside allí: imposible andar este mundo sin tener presente que el dinero es necesario. Sin embargo, desde que no fue un motor, no hay frustración en no tener casa, auto o mp4. Entonces, es de gran importancia no confundir error con fracaso.


Inevitable que esta primera, y provisional, conclusión nos arrastre a la siguiente pregunta: ¿qué es lo que siempre se buscó? Las respuestas, la mar de vagas: una cierta excelencia espiritual, un saberlo todo, un vivir lo más poéticamente posible... Y allí sí puede haber fracaso si se coteja lo hecho por mí con lo hecho por otros, que a mi edad habían alcanzado cimas de perfección y belleza. Pero si la comparación es conmigo mismo, digamos hace diez, cinco años, es evidente que he avanzado en la dirección de mis deseos, y, en consecuencia, no hay por qué lamentarse.


Ahora, en cuanto a mi otro objetivo, escribir, si no lo hice antes o, mejor, si dejé de hacerlo durante una larga temporada, fue porque de modo inconsciente preservé mi escritura de la catarsis (hacer literatura, para mí, está muy lejos del “evacuar”), pues en ese momento mi desdicha era tal, que escribir, forzosamente, conducía al vómito. Desde el momento en que hubo calma, equilibrio la cosa se transforma, la búsqueda de la belleza es posible.


Entonces, podría decir (y no pretendo que se tome, ni tomarlo yo mismo como autojustificación) que mi existencia no es un fracaso desde el punto de vista de las concreciones -escribir como escribo, leer como leo-. En cuanto a los fallos en las elecciones, y aceptando que lo son y que pueden corregirse, son parciales, porque si miro alrededor, no siento que esas vidas me hubieran resultado más gratas. Y además, si bien lo económico se ha transformado en una preocupación en los últimos tiempos, lo ha hecho de manera muy restringida por cierto.


Y esto me lleva a la idea del precio de algunos sueños, que, aunque exorbitante, uno paga gustoso. Yo lo he hecho: con total conciencia y absoluta libertad he pagado por ser quien soy. Que a alguien pueda interesarle el producto, es un tema (¿el tema?) que aún está por resolverse. Será, por tanto, objeto de un futuro análisis. Quizá, de un futuro post.

9 de junio de 2009

CUANDO JUGAR ES NO JUGAR-SE.





…y ni hablemos de jugar por jugar. En estos tiempos sólo se participa en los juegos, si de antemano se sabe que hay todas las probabilidades de ganarlos. En el chat, por ejemplo, nada de endomingarse, nada de mistificarse, nada de verseo. “No me mientas”, reclaman los contertulios. Cruda y dura verdad. Y si de durezas, de turgencias se trata, también en el mundo virtual, allí está la imperiosa necesidad de ver al posible partenaire, ver las partes a las que no les da el sol del posible partenaire, y así nos evitamos las decepciones. O sea, de juntarnos para ver qué onda, ¡nada! La excusa: “no estoy para perder tiempo”, pues todos sabemos que el tiempo es dinero y el dinero es el rey del mundo, rubio como Di Caprio, aunque menos romántico e ingenuo. Sólo se pierde el tiempo en situaciones reguladas: frente al televisor, en el casino, en las obligaciones de las vacaciones. Y a río revuelto...ganancia de psiquiatras. Tan eficientes ellos, con sus soluciones rápidas (fun-da-men-tal, que sean rápidas), y la vida se transforma en aquella enfermedad que tanto temían Sartre y Simone, una enfermedad que, como otras, reclama (y tiene) su propia pastillita. Lo otro: vivir, mirarse vivir, dejarse sorprender han devenido lujos de jubilados y de locos. O sea, de los que no disponen de otra cosa que tiempo.

Y quién diría que por una situación general, un modo de vida (casi un modus operandi) nuestros cuerpos iban a perderse “las bodas gratas”. Pero así fue: no hubo tálamo, no hubo nuestros cuerpos enredados, no hubo nada.

28 de mayo de 2009




Largo tiempo
la máquina permanece
quieta, tanto que se teme
ya nunca vuelva a funcionar.
Una gota en el engranaje
y otra vez, se escribe.
Se escribe
este amarillo de abril en las venas,
este crujido de abril en los huesos.
Se escribe
el nacimiento de un año,
otro año que he muerto.

19 de mayo de 2009

¿DESEQUILIBRADO, YO?




Un mensaje desata mi imaginación, la excita. Abre la dicha de la palabra justa, el taxi al alcance de un gesto, la confusión de los sudores, la fatiga acariciada por el primer rayo de sol. Pero entre tanta dulzura de novela rosa, se cuelan los dardos de la indiferencia, del desencuentro. Y con ellos, el miedo. Un miedo que avivaría la emoción de internarse por los más oscuros senderos del bosque. Luego, la sospecha de que esto no es sino candidez, lisa y llana, y que el miedo es solo eso. Y todo, porque en la pantalla de mi celular, debajo de tu nombre, por un instante brilló un lacónico: tengo ganas de verte.

29 de abril de 2009

ELIZABETH TAYLOR ES LA PRUEBA O ATEOS ABSTENERSE



En National Velvet, una jovencita, azules los ojos, soñadora la mirada, cuenta a cámara que cada noche suplica a Dios la convierta en la mejor jinete de Inglaterra. A la luz de los años, a la luz de los padrillos (Milton, Wilding, Todd, Fisher, Burton, Burton, Warner, Fortensky), ya no cabe dudar sobre la existencia de Dios, ni sobre su generosidad.

26 de marzo de 2009

CON LA QUÍMICA EN EL CUERPO



I
Con su enésimo cigarrillo, enciende su enésimo pensamiento: “ninguna vida, aun la mía, está del todo perdida. O todas lo están, aun la mía”. Ignora la razón, pero lo piensa. Y luego del paseo por su cerebro, la frase clama por derramarse en tinta. Obediente, lo hace. La escribe. Se pregunta además, si habrá algo en el mundo capaz de saciar esta avidez de palabras que a cada hora de cada día lo asedia. Por supuesto, también esto deviene signos en su cuaderno. En su reducirse a cenizas, el cigarrillo ha alcanzado la plenitud.


II
Es tarde. Y aunque el cansancio lo empuje, demora el momento de llegar a la cama, enfrentar las bestias que acechan al final del insomnio. Para esquivarlas: una pastilla, un cigarrillo. Cada vez, sin embargo, imagina en su lugar la cursilería de un “hoy frente a un puesto de libros pensé en vos”. Tal vez así, bajo el influjo de esas palabras entraría en el sueño como quien entra en una iglesia. Pero como esa voz no llega, y rehuye la película de sus fracasos, apela a la química. Y cuando por fin comienza a apartarse, oye las palabras tan deseadas. Mas es tal la deformidad de los sonidos que se aterra. Entonces, la colilla cae; y él, también cae en la ciénaga del sueño artificial.

13 de marzo de 2009

ECRIRE


cuando el vacío se disfrace
de tarde de domingo, y la tarde
de hastío en los párpados
de peso en la mirada
tomar la pluma, cincelar
con palabras la imperfección
de un sentido, mínimo
como la negrura del insecto
que trajina el cielorraso

tomar la pluma, digo
contra pesos y hastíos empuñarla.

20 de febrero de 2009

1977, NOVIEMBRE



como bestia empeñada
en liberarse de su domador
así, quiso la tierra
desprenderse de nosotros

y gimieron
techos pisos paredes
lloró la madre
y todos
madre padre niños
casi desnudos
se asomaron al día

y cuando todo vibraba
y cuando de su labor renegaban
las vigas, hubo miedo

pero también, una máscara risueña
tendida sobre el abismo: la del padre.

2 de febrero de 2009

DESPUÉS DE LA GRANIZADA


(A la manera de Lugones, pero no)


Callar la angustia
silenciar la pena.

No decir
ni el clamor de los techos
ni el jardín en ruinas
ni la cosecha perdida.

Hablar, por ejemplo
de cuerpos tumbados sobre la piel
de damasco de una playa remota
o de príncipes rendidos al encanto
de pobres cenicientas

No pronunciar
las vírgenes estropeadas
en los ritos conjuratorios
tampoco la tristeza de los niños
que ven en los ojos de sus padres
la ingratitud de la alacena vacía

Callarlo todo.

Callar tu ausencia, terrible.
Más terrible aun
en esta estampa de invierno
en el centro del verano.

24 de enero de 2009

LA AMISTAD SEGÚN BERGMAN



(Para Nat y Carina, por su honestidad brutal)

La amistad es, como el amor, extremadamente sagaz. La esencia de la amistad está hecha de franqueza, de pasión por la verdad. Es algo liberador ver el rostro del amigo o escuchar su voz al teléfono contando precisamente lo más trascendente y penoso de contar. O también ocurre que el amigo se oye así mismo confesando lo que apenas se atreve a pensar. La amistad tiene a menudo rasgos de sensualidad. La silueta del amigo, su cara, ojos, labios, voz, movimientos, acento, están grabados en tu inconsciente, constituyen un código secreto que te hace que te abras en confianza y solidaridad.

Una relación amorosa estalla en conflictos, es algo inevitable. La amistad es más refinada, no tiene tanta necesidad de tumultos y depuraciones. Hay ocasiones en que la gravilla entorpece las delicadas superficies de contacto y eso causa dolor y dificultades. Yo pienso entonces: ¡maldita la falta que me hace semejante idiota! Pasa algún tiempo y el malestar se manifiesta de un modo o de otro, palpablemente a veces, con discreción las más.

“Voy a dar señales de vida, esto no puede seguir así, hay que cuidar los tesoros”. Y despejamos la atmósfera, la limpiamos, la restauramos.

El resultado es incierto: mejor, peor o como antes. No puede saberse. La amistad no está sujeta a juramentos ni a promesas, como no lo está al tiempo ni al espacio. La amistad no exige nada, salvo una cosa: sinceridad. Es su única exigencia, pero es difícil.


28 de diciembre de 2008

SOLO A VECES


no hay espinas
sabe bien el fruto
es suave el cielo de octubre
y amable la canción

a veces el camino
puede ser plácido

a veces
caminar y deslizarse
se confunden.

18 de diciembre de 2008

DE PASAJEROS OLVIDADOS


Minúsculas gotas de sudor sobre la piel de la noche, una de las primeras de la primavera. Y en esa noche, en esa tibieza, después de mucho tiempo, nos cruzamos. Tan trivial fue nuestro diálogo que me declaro incapaz de reproducirlo. De cualquier modo, y aun desconfiando de mi memoria, rescato el siguiente fragmento: “¿Todo bien?, pregunto. Todo bien, por suerte, respondés. A lo que agrego un sincero ¡qué bueno!” Pero ¿era sincero? No, no piensen tan mal de este humilde servidor. Yo jamás le desearía a otro ser humano ninguna plaga o algo por el estilo, y no porque sea tan bueno, sino porque soy taan perezoso…

A lo que voy es que, no sé a ustedes, pero para mí ver a alguien desplazarse del centro a los suburbios de mi vida, no deja de ser objeto de asombro, de inquietud. Aunque también, lo confieso, de alivio.

De asombro, porque ¿no es cuando menos curioso que una persona que llegó a “ocultar-a-dios” (Char), que fue la depositaria de miles y miles de pensamientos, como por un pase de magia se esfume? Es decir, un ser de quien interpretábamos hasta el mínimo respiro (Ya lo dijo Barthes: “el enamorado es el semiólogo en estado salvaje”), de pronto, y por obra y gracia ¿del tiempo? ¿de las decepciones?, llega a no ser nada. O peor, una idea del tipo: “¡con esta pelusa debe tener la nariz del payaso Malaonda!”.

Si además confrontamos este desplazamiento con aquello de que “todo constructor, a la larga, sólo edifica un derrumbamiento” (Yourcenar), no podemos menos que experimentar una cierta inquietud, puesto que así como se hundió esta imagen con tanto amor y paciencia construida (sí, mucho amor, mucha paciencia requirió la transformación de “eso” en una princesa, un príncipe de cuento de hadas), de igual modo habrán de hundirse las que vendrán. Entonces ¿no hay nada destinado a perdurar?

De alivio, dije. Sé, sin embargo, que se trata de un alivio pasajero. Léase, de cambio de pasajero: el asiento hasta hoy ocupado por A, mañana será ocupado por B, y así sucesivamente.

Y esto porque no debe haber nada en el mundo más digno de interés que un cuerpo y los signos que emite (por supuesto, no cualesquiera ¿o creyeron que me había vuelto escatológico?), además claro, de nuestra proverbial incapacidad para aprender algo, por pequeño que sea, del corazón humano.


2 de diciembre de 2008

CARTA















A Emma




Cómo duele el cuerpo
cómo duele
cuando es el fruto despreciado
por la humedad de esa boca
que a saciarnos creímos venida.
Duele con un dolor
de flor abandonada
a la severidad del verano
un dolor de muerte.
Para qué cuidarlo entonces
para qué alimentarlo
lavarlo para qué
si sobre él
perro callejero
muñeca estropeada
ya no se posa la mirada del deseo.
Cómo duele
cómo duele el cuerpo
cuando es el desechado fruto
el fruto despreciado.


Charles B.

23 de noviembre de 2008

GRANDES DIVAS

BAÑOS EN LA FUENTE DE JUVENCIA

Batallas perdidas:
Si para cualquier hijo de vecina -incluidos nosotros, los poco agraciados- asimilar los estragos del paso del tiempo no es tarea sencilla, mucho menos debe serlo para quien –por caso, una estrella de cine- cotidianamente se ha alimentado de halagos referidos a su apariencia física.
Múltiples han sido las reacciones a la “maldición” de la marcha incesante de los relojes. La primera: los alejamientos. Casi totales: Audrey Hepburn, Gloria Swanson (a un abandono transitorio de su largo retiro debemos la maravillosa Norma Desmond de Sunset Boulevard); y totales: Garbo, Marilyn, Harlow (a estas dos últimas, la muerte las eximió del agravio de un rostro devastado). La segunda y más típica: la perseverancia frente a los focos, sea en los sets, sea en el circuito de las divas “casi retiradas”.
Este sería el momento oportuno para acotar que, como la mayoría de los mortales, soy vulnerable al milagro de un ser tocado por la gracia de la belleza. Ya lo dijo Goethe “el que contempla la hermosura humana se sustrae por un momento del mal, se siente en armonía consigo mismo y con el universo”. La que sí estimo digna de mejor causa es toda esa energía derrochada en una batalla perdida de antemano y que, en el caso del mundo de espectáculo funciona, creo, como una hipérbole del mundo a secas. Es decir, parecería que sólo la juventud está destinada a los roles protagónicos, mientras la vejez y su aspecto –insisto, su aspecto-, son relegados a los geriátricos del olvido.
Continuando con la clasificación, podríamos decir que de las “resistentes” sólo unas pocas lo hacen “al natural”: Diane Keaton, Liv Ullmann admirables aun con sus rostros atravesados por una miríada de arrugas.
No es, sin embargo, esta ausencia de afeites la regla. La regla es la visita asidua a la “Fuente de Juvencia”, cuyos afluentes en los tiempos que corren son liftings, lipoaspiraciones, botox, barro, cremas, siliconas y varios etcéteras más. De estas inmersiones un puñado ha emergido con gracia: Catherine Deneuve, Laureen Bacall, Graciela Borges.
La mayoría, en cambio, asoma “graciosa”. Explico.

El trayecto es más o menos el siguiente: de grandes sexys a bufonas de la prensa amarilla. De aquí: Moria, en perenne mutación de Venus de la Calle Corrientes a Frankenstein, ícono de travestis; su archienemiga Alfano, a quien parece nadie le advirtió que Jack Nicholson caracterizado de “El Guasón” no es modelo imitable; la antaño bebota de Olmedo, Adriana Brodsky, transformada hoy en un auténtico perrito pekinés.
De allá: Lollobrígida, Sara Montiel y Raquel Welch con rostros que entre sus atributos incluyen la imposibilidad de cerrar los ojos. Y uno no puede evitar preguntarse: ¿se anotará entre las contraindicaciones? ¿duermen esas mujeres?
Y la lista de personalidades engolosinadas con su imagen -¿su imagen? ¿algo más uniforme que los habitués de los quirófanos estéticos?-, podría prolongarse indefinidamente. Para muestra, un botón: en una entrega de Oscars verán el mismo brillo de pómulos, el mismo mentón, la misma nariz, los mismos pechos multiplicados hasta el infinito. ¿Será que, como en el alcohol, uno encuentra en la vejez lo que ha puesto en ella y que en estos casos no pusieron nada?


La ironía, la salvación:

“Soy lo que queda de mí”. La dueña de esta afirmación no es otra que Elizabeth Taylor. Y efectivamente, después de los años y los kilos, los maridos y los divorcios, el saqueo de bodegas y farmacias, de la otrora muñeca que se abrazaba a Lassie, de la apasionada Reina de Egipto que se abrazaba a Burton, en verdad, fuera de esos ojos deslumbrantes, mucho no queda. Pero esta frase, en labios de esta mujer puede –debe- leerse como la supervivencia de lo esencial de un ser humano: la ironía. De repente uno siente que fue así, que debió pensar un día “sí, ya no soy la que fui, ¿y qué?”.
Y es este el baño que considero más sensato, la prueba de una juventud irrefutable: frente a lo forzoso, la inteligencia en una de sus formas más elevadas: el humor. Y más en este caso concreto en el que las consecuencias del paso del tiempo, aunque estéticamente ingratas, son indoloras, en tanto que otras, físicas o espirituales, son justamente muy dolorosas. Comparen si no un padecimiento de artritis con una arruga en el cuello; o una casa vacía, muertos todos lo que alguna vez amamos, con una mancha en la piel.
Para terminar, lo que otra gran beldad, la actriz italiana Lucía Bosé, dijo: “¿Quitarme las arrugas? ¡Ni loca que estuviera! ¡Con lo que me ha costado ganármelas!”

15 de noviembre de 2008

SUBÍ QUE TE LLEVO


Abro los ojos, y mientras dejo caer los pies al suelo, abro la boca, dejo caer un “¡concha!” Y no es que yo sea de esas personas que lloran el abandono precipitado del lecho. Bueno, alguna vez sí. Alguna vez, como aquella cuando no fue una alarma de reloj o, en su defecto, mi voluntad quien me desalojó de la cama. Aunque no es este el caso. El caso es que a esta hora debería estar tocando la puerta de mi amigo, el laureado poeta H. S. Pero como mi siestero reposar se prolongó más de lo previsto, llegaré tardísimo. Por supuesto, me asalta la culpa. No, no me malinterpreten. La culpa no es por la espera que le infrinjo, sino por el tiempo que habré desperdiciado de su deliciosa conversación ; )

Entonces, para hacer menos notoria mi demora, y como sé del calamitoso estado de los colectivos que trajinan los caminos del Este, esos que cada vez nos obligan a preguntarnos: “pasará?, ¿debería darme la antitetánica antes de subirme?”, decido montarme en un remís.

Y eso hago. Trayecto: Palmira - San Martín. Duración aproximada: 20 minutos.

Como resulta que soy el primer pasajero, me siento junto al chofer. A poco de andar suben otras personas, al parecer miembros de una familia, que hablan entre sí. Aunque la conjunción de un ruidoso motor y una radio encendida (88.3 Latinos FM ¿qué esperaban un remisero enamorado de Vivaldi?) me impide descifrar lo que dicen.

Y así vamos, tranquilos, hasta que sucede: se nos adelanta un coche, un Chevrolet de los años 70 y el chofer, mi chofer, presa de éxtasis, gimotea: “¡qué chiiiivo!” A lo que, para comentar algo (¡boca floja! ¿boca floja o a todos nos acomete, con taxistas y remiseros, idéntica obligación?), agrego: “A mi papá también le gustan. Cuando era chico, tuvimos uno”. Ese fue el pie que el señor necesitaba para dar comienzo a una larga, larguísima perorata, mezcla de oda y elegía (Oda a las virtudes de esas máquinas y los placeres de ellas obtenidos. Elegía: “y qué querés que te diga, ya no los hacen así”).

¡Un entusiasta el caballero! Que si los bulones, que si el cigüeñal, que si…. Y yo preguntándome: “ ¿todo eso tiene adentro un auto?, ¿no era la simple amalgama de chapas y ruedas?” En este momento me declaro incapaz de reproducir siquiera una ínfima parte de los términos proferidos por su argenta boca. Sin embargo, como soy muy educado, y por ende, incapaz de dejar a alguien hablando solo, jugué mi rol en la conversación. Es decir, puse caras al tiempo que colaba, aquí y allí, algún “ah, ¿sí?”, “claro, claro”, “¿sí?, mire usté”. Podría, no obstante, haber dejado quieta mi lengua pues el hombre, como cualquier fanático que se precie, no tenía el menor interés en lo que yo pudiera acotar.

¡Cuánta razón tenías Bergson con eso del tiempo subjetivo! Esos veinte minutos fueron de una insoportable eternidad, más insoportable todavía si atiendo a que mi propósito inicial era hacer lo que usualmente hago en esos viajecillos. Léase: en silencio mirar el conocido paisaje, los autos, la gente que marcha por la vida, mientras –nobleza obliga-, huroneo mi propia vida.

Y todo para llegar más o menos a tiempo a la casa de mi amigo, el premiado poeta, que además de esperarme con una parva de libros y anécdotas, se dedicaba a espantarse los mosquitos, que este año más parecen murciélagos que mosquitos. Eso sí, con una ramita de laurel y recostado, cual Sócrates en El banquete, en su reluciente futón blanco.

21 de octubre de 2008

EN AGOSTO

Juntos, diríase a cuatro manos, el viento y el sol diseñaron esta escenografía de fines de agosto:
un cóctel de polvo y hojas sin rumbo, sudor y desgana.

Lo demás, simple:
la muerte en su apropiarse de un cuerpo, por el trabajo minucioso de la enfermedad privado de fuerzas, degradado, marchito;
un cuerpo en cuyo cansancio no florece resistencia alguna.

Tan simple, corriente, como el escándalo de los cristales a la caricia ruda del viento de agosto.

16 de octubre de 2008

LÁGRIMAS NUEVAS.

Una noche de llanto.
Otra.
Pero distinta.

Su diferencia radica en lo novedoso del sentido de estas lágrimas, vertidas no por un pesar concreto, sino por aquellas, las que se cuajaron en su alma cuando se cansó de llorar, cuando creyó que en esa celda oscura transcurrirían sus días todos, y que esas lágrimas, de pronto estériles, nada podían corregir.

Pero podría ser que este llanto de hoy, brotara también a causa del inesperado estreno de una grieta –pequeña, modesta-, una grieta a través de la cual otra vida alce el vuelo.

Y, pese al lugar común, le es imperioso sentir la sangre alojada en cada distrito de su cuerpo y decirlo. Decir además, que aunque ingrata, la travesía por el desierto tuvo un fin. Decir la justicia de inscribir la sorpresa amable entre los dones de la existencia. Decir, por fin, que nos equivocamos. Cada vez que somos terminantes, nos equivocamos.

7 de octubre de 2008

LA OTRA CARA

Con las manos de una mentira se cubre los ojos, hunde su vida en un olvido de sí equiparable a la locura de creerse otro.
Y durante larguísimo invierno se pierde el rastro.

Y hoy, que con suave tacto o con hartura, voces amadas pretenden astillar la sombra, hay el pavor a una cara impregnada de abandono, tan distinta, tan otra de aquella diseñada por las siestas insomnes de su infancia.