7 de julio de 2012

LA PENA SE ENDURECE




Como la mayoría de los ancianos, en muy contadas ocasiones mi abuela abandona la idealización de su juventud para recordar los tiros lencinistas sobre su casa radical, la genuflexión ante el patrón como ante un dios del Olimpo, los granos de maíz en la esquina del salón de clases, la naturalización del golpe del marido a la esposa. Ante semejantes espectáculos no es extraño que se endulce el pasado, porque hacerlo equivale, quizá, a soportarlo.

Pero esto que referido a un solo sujeto suele ser inocuo, ¿no es muy perjudicial en términos colectivos? Porque ¿no es dañino que tras un episodio de inseguridad, como mala hierba, suelan esparcirse los “si implantan el estado de sitio esto se compone”, “los derechos humanos son para los chorros” o  “cuándo se ha visto semejante cosa”, que borran de un plumazo, por ejemplo, décadas de violencia política, mafias europeas instaladas en nuestra “Litle Chicago”?

Lo paradójico –y no tanto-  es que este discurso sea enarbolado por sujetos tales como el tío Roberto (todos los argentinos tenemos uno), ese que siempre consigue cosas  “baratísimas” en tiendas ignotas de los márgenes; o el Dr. X (sustitúyase, preferentemente, por un doble apellido) que aparece en los programas de sociedad locales celebrando el “récord-de-exportaciones” que consiguió su bodega esta temporada y que tiene obreros durmiendo cual golondrinas en nidos de gramilla. Gente que se encuentra en la vanguardia de los reclamos de justicia, pero que, sin embargo, no titubea en entrar en tratos con los más diversos estamentos judiciales a la hora de evitar que algún miembro beodo de su familia se ensucie las zapatillas con la bosta de alguna comisaría.

En fin, que la enumeración podría continuar casi indefinidamente, aunque no es esta una enumeración caótica pues la rige un patrón: la inequidad. ¿A qué me refiero? Pues a que si bien todos o casi hemos sido víctimas del delito y nadie disfruta perder lo que su buen esfuerzo le ha costado, convengamos que hay un mundo entre una bicicleta y una mano (“deberían cortarles la mano como hacen los turcos”) o una vida (“mátenlos a todos”). Porque ¿qué habría que hacer entonces con los ingenieros que entregan barrios construidos con materiales de baja calidad? ¿Y con los empresarios que se llenan los bolsillos con la venta de medicamentos truchos? ¿Y con los jerarcas de la policía que viven de la rapiña cuando no del narcotráfico? Es probable que la respuesta sea idéntica: la pena de muerte. Pero esta respuesta, a qué negarlo, si no es perversa, es ingenua. Porque ¿cuántos millonarios dieron sus últimos coletazos en la cámara de gas en el estado de Texas?

¿Cómo corregir estos desequilibrios? Ah si hubiera una fórmula. Siglos de pensamiento filosófico no han dado con ella. En cuanto a mí, lo que se me ocurre en este momento es que, pese a este relativo clima de paz social que vivimos, deberíamos comenzar por desechar nuestras fantasías con cinematográficas campiñas inglesas (donde también, esto lo aprendimos en los libros, se cuecen habas): toda ciudad medianamente grande, donde se vive entre desconocidos, implica un cierto grado de inseguridad. Asimismo, veo en la solidaridad otra salida. Es decir, aunque entiendo las críticas al asistencialismo, no las comparto. Porque si bien no es una solución definitiva, ¿lo es el abandono? No puedo dejar de pensar lo que una amiga psi me dijo una vez: “de la sobreprotección se vuelve, del abandono, no”. Y me pregunto si es legítimo pretender de los abandonados de la década neoliberal una adecuación estricta a normas que nunca fueron del todo suyas. Me pregunto si alguna vez los penales dejarán de ser lugares donde se pena para transformarse en lugares donde se aprende.

Todo esto al margen de que la ley no debe ser promulgada en caliente. O sea, es entendible (otra vez ¿será que soy demasiado comprensivo?) que ante un episodio de violencia se levanten estas voces (desequilibradamente) justicieras. Sin embargo, el legislador no debería ceder a estas presiones, pues se supone que la ley es el instrumento que regulará las relaciones entre los miembros de una comunidad durante un extenso período de tiempo y, en consecuencia, no debe ser hija de la coyuntura, mucho menos de los espurios deseos de publicidad de los empleados de la casa de las leyes.  

25 de junio de 2012

DETRÁS DE SERENA MÁSCARA





Cuando el sol apenas entibia
espero

y más tarde
y luego aún

espero en mis manos que corren
como niños salvajes hacia las cosas,
en el deshielo de mi nuca
al calor del eco
de mis pasos solos en calle oscura

pero no solo

también en la alegría de cobijar
el aroma de las primeras mandarinas,
en la rabia de mi estómago
alimentada por el carbón mezquino
de príncipes y mercaderes,
en la electricidad emanada de una caricia
que en su recorrido
eriza vellos activa el sexo

espero
aunque lo niegue mi lengua
y como un latigazo haga sonar
su ya no es tiempo,
la desmiente
el resto de mi cuerpo.


7 de junio de 2012

POEMA PARA LOS PRIMEROS FRÍOS




En este declinante otoño
yo solo tengo vagos
sentimientos poéticos.
E. Bishop


Guantes gorros bufandas y camperas
abandonaron su retiros veraniegos
salieron a la calle
a inundarla de color

es que esta mañana
por primera vez en el año
brilló en el pasto la escarcha

y yo tricé sus cristales
en la añoranza de cierto calor

pero para que mi soledad
fuera menos helada
también desempolvé mis guantes
y tu viejo gorro gris.



1 de junio de 2012

DE SUEÑOS...





Soñé que escribía un poema  
en un cuaderno
con mi más delicada letra imprenta

de cabo a rabo lo escribía
sin vacilar entre sinónimos
ni tropezarme con las comas

de un tirón, un poema
que respira sin socorros
que tiene la silueta
y los adornos adecuados
el ritmo tiene, la intimidad
de un diálogo entre amigos

un poema escrito al dictado:
sueño posible ay
solo en mis sueños.

24 de mayo de 2012

AMOR, LOCURA, DESEO...







sin que nada lo anuncie
un día cualquiera
         
algo llega
María Negroni




Un algo nacido de un momento
que sospechábamos estéril
un algo tan noche
que no existe la posibilidad
de saber qué es
ni el modo adecuado de nombrarlo
aun así sigue siendo algo
algo que nos invita 
a buscar otros algo
que acaso se ajusten a cualesquiera
de los nombres de lo trivial

o no

porque también puede ocurrir
que alguno de esos algo sea más que eso
y empujado por su propia fuerza
hunda sus raíces en la carne
circule por las arterias
modifique tono y textura de la piel
se haga merecedor
de uno de esos nombres
que resplandecen en las gargantas
de los cantantes de boleros.


17 de mayo de 2012

DOS ESCENAS Y UN EPÍLOGO




1. Navidades en familia

En la infaltable conversación homofóbica de la sobremesa navideña, mi muy católico primo cuenta el siguiente episodio:

Dos sacerdotes amigos suyos miran TV en el momento en que actúa Antonio Gasalla. Entonces, uno de ellos dice: “¡Qué cara de trolo tiene!” A lo que el otro agrega: “Y voz también”. Por supuesto, el primero entiende: “y VOS también” (por muy curas que sean hablan en argentino), ergo, se atraganta en un prolongado “ahhhhhhhhh”. Y el segundo, el mal pronunciado, aclara: “no vos, sino la voZ que tiene”. Y el primero: “ahh” (esta más breve). Sobreviene la calma eclesiástica. La cuestión es que en esos pocos segundos de confusión, sospecho,  el escarnecido habrá imaginado para el ofensor tormentos varios que van desde un campamento de refugiados en África, pasando por el infierno, hasta llegar a una semana al servicio del Papa herr Benedicto XVI (se me hace que ese señor es más malo que el mismísimo innombrable).

Terminado el relato, y como corresponde a un grupo de machos argentinos, nos reímos a mandíbula batiente. Sin embargo, lo que nadie dijo, y estoy seguro rondó los masculinos cerebros de mi familia, excepto claro está, el de mi muy apostólico primo, es por qué habría de sorprenderse tanto el cura de que lo creyeran maricón, ya que para el argentino medio los curas son putos o al menos algún “defectito” tienen, de otro modo no se entiende que no tengan relaciones sexuales.

Entonces, me imagino a cualquiera de mis tíos preguntándome (como estudié letras, paso por ser una especie de diccionario ambulante): “Eh, sobrino ¿cómo le dicen a no garchar?” Y yo: “Celibato, tío”. Y él: “Sí, ahora le dicen así”.


2. Cerati, Leo García y dos estudiantes bulliciosos

Una tarde de tantas, cual secuaces de Francis Drake, un grupo de adolescentes aborda el colectivo en el que regreso de mi trabajo en el instante preciso en que los parlantes del estéreo del señor chofer se sacuden al son de “Persiana americana”.  De la turba estudiantil me interesan en particular los dos que, al ocupar el asiento anterior al mío y dar tienda suelta a la potencia de sus gargantas (cada día me pregunto cómo consiguen ese instantáneo sentido de pertenencia  que los faculta a maltratar al resto de la humanidad), me arrancaron del semisopor de mi siesta sobreruelas.  La escena se desarrolla, más o menos, de la siguiente forma:

Uno de los jovencitos viene y, como ya dije,  se sienta delante de mí. Unos pasos más atrás, presa de un “trance musical”, se acerca el segundo, que en cuanto deja de aullar “yo te veré/ a través/ de mi persiana americana”, dice: “¿viste? ¡esto es música!” Y ante, supongo, la cara de desconcierto de su interlocutor, aclara: “Persiana americana, Soda Stéreo”. A lo que el neófito responde con un tímido: “ah”.  Entonces, el conocedor, remata (cree) con un “me encantan, tengo todos los discos”. Y el otro, bastante escaso de vocabulario o de interés por el asunto, repite “ahhh”. Pero en un rapto de lucidez o mala onda y como una forma de descalificar los gustos musicales de su compañero, agrega: “pero ahora (esta historia es pre ACV) el cantante, ¿cómo se llama? ¿Cerati?, canta con este..., ¡pucha...! ¿cómo se llama el trolo este...? el de de la ceja partida…  ¡Leo García!”.  Y el otro, a la defensiva, como si su trasero corriera un gravísimo peligro, explica: “ah, pero a mí me gusta Soda Stéro. Cerati solo, no”.


3. Epílogo

“Algún día, finalmente, se sabrá la verdad tan celosamente guardada: la homosexualidad NO ES NADA. No lo era en un principio y no lo será en el futuro. Cuando saquemos del medio todos los incendios, todas las torturas y todas las mentiras y todo el odio y toda la ignorancia y todo el prejuicio, descubriremos que no hay NADA”. Esto lo afirma, mayúsculas incluidas, Osvaldo Bazán en el epílogo a su “Historia de la homosexualidad”, y me parece que son las palabras adecuadas para cerrar estas notas cuyo tema no es otro que la ignorancia. Porque la homofobia es hija de la ignorancia. Si no recordemos los discursos apocalípticos pronunciados por los opositores a la ley de matrimonio igualitario. Y al final qué pasó ¿hordas de homosexuales arrastraron a varones y mujeres heterosexuales hacia los registros civiles? Pues no, mire usté. Siguiendo a Bazán, podríamos decir que no pasó NADA. Y sí, a la vista está: la homofobia es la hija tonta de la ignorancia. 

11 de mayo de 2012

CURSI





El filo de tu decisión
abrió una herida
que como todas 
tiene dos bordes


yo
el de aquí


el de allá
vos.

29 de abril de 2012

COMO ÉRAMOS POCOS



En cuanto anuncie el tema de estas notas, algunos de ustedes, los que franquearon la barrera de los treinta especialmente, acaso se sientan identificados. Ahí va: la paternidad/maternidad de nuestros mejores amigos.   

1. Los ritos
           
Del mismo modo que una noche mientras tomábamos algo, y en un tono que pretendía ser neutral, nos espetaron un “me voy a vivir con...”,  tiempo después, cuando aún no habíamos digerido que ya no estuvieran solos y pendientes de nosotros, con una sonrisa entre enigmática y excitada nos anuncian: “viene un niño en camino” o “estamos embarazados” (¡como si alguien creyera semejante tontería!). Y es tal su felicidad que ahogamos la náusea que se asoma a nuestras bocas, formada no por nada en especial, sino porque sentimos que la adultez, de la que somos consumados desertores, nos pisa los talones. Pero como también somos personas sensibles y bien criadas, brindamos, nos emocionamos, incluso alcanzamos cierto grado de chochez proporcional al parentesco -tíos postizos- que nos unirá al futuro bebé.

Caemos entonces en una vorágine de rituales al uso (hablo de usos proletarios, no hay, por tanto, ni baby shower, ni 3D ni cosa parecida). A  saber:
a. Examinamos  un cartoncito con unas rayitas que estuvo sumergido en orina (aunque de nuestra amiga, orina al fin).
b. Hacemos la pantomima de leer análisis, absolutamente ininteligibles, excepto por la parte aquella del “positivo”.
c. ¿Y las ecografías? De no ser por el asunto “tamaños”, la situación sería equivalente a ver un canal condicionado sin codificador: en ambos, buscamos, imaginamos penes y vulvas.
d. Como sabemos el sexo de la criaturita antes que el progenitor, quien como los hombres de las cavernas prefiere ignorarlo hasta el minuto del alumbramiento, guardamos el secreto.  


2. La vida nueva

Y un día llega “el día”, día que marca el inicio de un ininterrumpido desplazamiento. Porque, hay que decirlo, el parto consigue lo que ni concubinato ni trabajo habían conseguido: arrojarnos a los suburbios de las prioridades de nuestros amigos. Constatable en situaciones de lo más cotidianas. Las charlas, por ejemplo: de conversaciones estiradas cual chicles hasta entrada la madrugada a breves comentarios susurrados, telegramas casi, entre una teta y otra, un llanto y otro. Desde esta nueva perspectiva, amén de desesperaciones, agobios y otros descalabros, presenciamos una segunda tanda de ritos: extracción compulsiva de mucosidades y eructos, análisis casi profesional de caca, informe pormenorizado de regurgitaciones y hábitos nocturnos del angelito.
           
Este es un momento muy difícil (muchas amistades han perecido aplastadas bajo el peso de los primeros pañales), pues a veces sucede que ante tremenda sacudida, unos (los recién estrenados padres) dejan de entender lo que antes vivieron, y otros (los aún sin descendencia) no podemos entender lo que nunca vivimos. ¿Cómo sortear semejante escollo? Supongo que, si damos por sentado el amor, con inteligencia y buena voluntad. Inteligencia de los padres primerizos, ya que, como a nadie le gusta el rol de inmigrante ilegal, son ellos quienes deben habilitarnos el pase para participar de las nuevas rutinas domésticas. En cuanto a la buena voluntad, corre a cargo de nuestros oídos y nuestros estómagos sometidos, como se vio, a una andanada de lamentos y episodios escatológicos.
           
Es así que nuestras relaciones toman otro color, acunadas como están en la intimidad de un dormitorio de niño. Niño al que alzamos, entretenemos, mientras la madre prepara una mamadera y nos cuenta “algo de lo más interesante”. Niño que crece, crece y balbucea, crece y habla, y entre las cosas que pronuncia aparece un muy escueto y conmovedor “tío” -aunque postizos, somos tíos-.


3. Otro test
           
Sin embargo, no todo en este mundo es color rosa -o celeste-. Una nube suele ensombrecerlo: la nostalgia del exterior experimentada por los-padres-24-horas-al-día. Porque, esto también hay que decirlo, por muy responsables y abnegados que sean, por muy compleja y profunda que se haya tornado su mirada, no escapan a la regla de la insatisfacción que prescribe que toda persona quiere lo que no posee (Valgan como ejemplos las quejas de los moribundos: el mojigato se arrepiente de su vida ordenada hasta el aburrimiento; el habitué de la parranda, de sus excesos). Y nosotros, amables peterpanes, procuramos atenuar esa nostalgia contándoles que allá nada ha cambiado demasiado, que tal anda en tratos amorosos con cual, que la noche se apendeja, que nuestro hígado merma su resistencia. En fin, nimiedades.
           
El destete señala el inicio de otra etapa, la del abandono esporádico del hogar cuyo centro es una cuna. Y aunque al principio hay más de culpa que de gusto y diversión, con lentitud la cosa vuelve a fluir. La conversación, pese a las interrupciones de los llamados telefónicos para constatar el perfecto estado de salud del menor circunstancialmente abandonado, es una conversación. Ellos (los raptados por la paternidad/maternidad) luego de lo que parece un siglo bailan y hasta se toman unos traguitos. Y cuando su comodidad comienza a asemejarse a la nuestra, otro test nos anuncia que, como en el eterno retorno, todo vuelve a empezar. 


15 de abril de 2012

VARIOS EFECTOS DE LA LECTURA


Al filo de las 2 am subo a un colectivo. En cuanto me acomodo, con la ansiedad de quien quita el envoltorio de bombón tentador, busco en mi bolso el libro que me ha acompañado los últimos días. Vuelvo entonces a sumergirme en las vidas de unos pibes del conurbano bonaerense. Pero esto no dura sino unos minutos. Dura hasta que el chofer, sin consultarme claro, oscurece el coche. Resignado, me dispongo a dormir. Unas cuadras más adelante, sin embargo, ante una estampida de viajeros el colectivero enciende nuevamente las luces para ya no volver a apagarlas. Como todavía el sueño no me asalta y nadie entre los recién llegados despierta mis fantasías eróticas, regreso a la lectura. Estoy ahora en la historia de Mauro y Nadia, dos que se conocieron en un penal cuando ella visitaba a su hermano y él lo “penaba”.

Que la gente suba y baje, baje y suba es tan natural en un trasporte público que uno no suele prestar demasiada atención a ese movimiento. El asunto es que esta noche, cuando casi todos han bajado, alguien sube. Y lo sé porque se sienta junto a mí. Si reparo apenas en el nuevo pasajero es porque justo en ese instante Mauro cuenta cómo por andar en el boludeo de las pastillas el “Frente” Vital se perdió el botín suculento de un robo en la zona de Pacheco. Por el rabillo del ojo percibo que mi compañero a poco de llegar se pone de pie y se dirige hacia la parte delantera del vehículo. Le dedico un pensamiento: seguro un problema con el vuelto. Muy bajo, casi desde otra dimensión, oigo un cruce de palabras. Otro pensamiento: uy, sí, problemas de plata. Entonces, el pasajero se baja. Tercer pensamiento (¿efecto de la lectura?): ¡lo echan por el look wachiturro! Vuelvo al libro y… PUM: una detonación aparta mis ojos del libro y mi culo del asiento. Es que el muchacho, esto me lo informarán después, encañonó al chofer, le arrebató la billetera y le exigió que abriera la puerta, y luego, para disuadir a un potencial cocorito, disparó un tiro al aire.

Unas paradas más adelante, no muchas, desciendo. Camino hacia mi casa en compañía de otro de los pasajeros, mi informante, un anciano al que la proximidad le proveyó los detalles más jugosos del episodio. Lo curioso es que su descripción del asaltante le cuadra a cualquiera de los protagonistas de Cuando me muera quiero que me toquen cumbia. Por supuesto adereza su relato con observaciones del tipo “en este país los derechos humanos son para los chorros” o “si implantaran el estado de sitio verías como todo esto se acaba”, con las que, por supuesto (¿otro efecto de la lectura?) no concuerdo. Pero guardo silencio. Hoy no me interesa discutir con un desconocido. Además no sé si sabe de los muertos que hablaron de aquella noche en un basural de José León Suárez.

El caso es que comienzo a sentir un cierto fastidio. Como descarto que se deba a las opiniones de este señor pues el lugar común argentino suele tenerme sin cuidado, comienzo a buscarle razones más plausibles. El fastidio me está dirigido. Pensar en todas las situaciones que dejé escapar por estar leyendo, me fastidia. Me fastidia mi preciso estar en otra parte. Me fastidia no recordar dónde leí estas palabras... Pero a poco de aparecer, como nuestro asaltante, el fastidio se esfuma. O mejor, se transforma, muda en una especie de agradecimiento. Sí, eso es, agradecimiento a los libros leídos, porque fueron ellos quienes me libraron de decir y –peor- de pensar las cosas que este señor, y el medio donde crecí, piensa y dice.

Con la llave en la cerradura de la puerta de mi casa, esbozo una sonrisa a propósito del juego de palabras que acaba de ocurrírseme entre libro y libró que, mal que les pese a los detractores de la ortografía, no puede ser sino (otro, el último) efecto de la lectura.

9 de abril de 2012

UN POEMA INCÓMODO




Hora tras hora
empuñada la birome con fuerza
si atreverme a un tajo en la pureza del papel
horas y horas
hasta el brote de un sonido amaullado
que disuelve la calma de los pasillos

ese llanto de recién venido
-inicio de un oscuro o brillante derrotero
también de este poema-
como manifestación primera de la molestia
que en el transcurso de estaciones sucesivas
encontrará otras formas de hacerse ver

formas que dan lustre
o destruyen civilizaciones
formas de esa incomodidad
que se nos mete en el pellejo
con la primera bocanada
que se nos queda
hasta la postrera exhalación.

27 de marzo de 2012




Contar la historia
de cuando pese a ser una boca hambrienta
y aunque no sabía casi nada
oscuramente supe
que los platos exhibidos
no me colmarían

focalizar el momento
en que reemplacé imaginación pura
por fotos de revistas
fresco chaparrón en ese páramo
que suelo llamar mi juventud

detenerme en el instante claro
cuando a la sombra anciana de los robles
intuí que el asco
no era mueble para mi casa

blanquear la historia del hambre sí
pero también la del conocimiento
de que hallaría saciedad
solo siendo otros
en otros lugares otros tiempos

la historia del libro
como alimento y salida
historia que aún no encuentra
quien amorosamente componga
sus líneas finales.

6 de marzo de 2012

REVELACIÓN




Quema
algo quema

magma cubierto
por capas de culpa
por capas de tiempo

debió de surgir al compás
de los primeros vagidos
cobrar forma oscura
parsimoniosamente

y en un instante fue
y tuvo la plenitud de una certeza

se intentó entonces suprimirlo
pero incluso oculto
disimulado
siguió desde las sombras irradiando

con todo
pese a todo
quema.

9 de febrero de 2012

DOS TEJIDOS




Cuando los ladridos vigilan
la vigilia de ladrones y asesinos
cuando con tinta gano mis batallas
y en el papel soy el actor perfecto

a helarme la sangre suelen acudir
imágenes que aluden
a quien con pericia de artesana
hace correr un hilo entre sus dedos
y en fecha que será moño
o escupitajo sobre el dibujo de mi vida
decidirá la conveniencia de cortarlo
con un whisky al volante
una fiebre de verano
o un resbalón en la escalera

pero en tanto ese día llega
en tanto la decisión se toma
y aunque la ingenuidad sea un pecado
ingenuamente quisiera
hallar calor en estas palabras
tejidas por mi noche en vela .

21 de enero de 2012

TOCADA Y FUGA




A una mirada que expresa
y un consentimiento tácito
sucede una habitación
cápsula sin ventanas
donde mucho se huele, se palpa
mucho se escucha
y de donde, a su turno
tragadas por el desagüe las últimas gotas
puesto un billete en manos anónimas
cada quien regresa a lo suyo

agradable pero insulso
como ensalada sin sal
dirán los que piensan
que sin valor de por medio
sin astucia
este no es un juego
digno de jugarse

pero entre lo expreso, lo tácito
y el veloz afinamiento de los sentidos
vueltos a la luz, el lucro y la familia
nace, se yergue, perfuma
sin espinas
la flor del placer.

6 de enero de 2012




Que el poema escrito
no sea el largamente soñado
que la torpeza de los besos
y alguna pierna a destiempo empañaran
la perfección de aquella noche
que el arroz preparado
luzca siempre menos sabroso
que la ilustración del envase

demuestran que mi cerebro
ve la falla en cada cosa
que cada cosa
-mi cara en el espejo-
recuerda lo que no ha llegado a ser (negroni)

10 de diciembre de 2011

A RESISTIR


Vivir como un sino
las espaldas que se cerraron
las puertas que se volvieron
sería acatar la derrota
cuando hay fuerza en mis brazos todavía

y animan las miradas de los amigos
y la noche de las botellas desata la lengua
y alguna cama merece el asalto
y como quería borges
la voz del poema acelera la sangre

lo otro
a veces florecido en lágrimas
no debe hoy envilecer la boca
con la amargura de una queja.

24 de noviembre de 2011

AFÁN INÚTIL




Manifiesto en las paredes
que como estibadores animosos
sostienen el techo
manifiesto en la mesa sobre la que escribo
en la cama donde dormí
en el desinfectante las medias el jarabe
en todas partes manifiesto
el deseo de permanecer

ah bendito deseo hallado por los hombres
en las palmas todavía vellosas de sus manos
deseo resuelto en un gesto
luego repetido mil veces
y mil veces más
origen de paredes
y camas y mesas y jarabes
origen de placeres cada vez más laboriosos
origen de dios
-el de permanecer
es un deseo que deliberadamente
ignora fechas de caducidad-

ah inútil afán de permanecer
uñas estropeadas contra el asfalto de la calle
por donde nos arrastra el tiempo.

17 de noviembre de 2011

UN POEMA PARA NO DORMIR



Morfeo juega a las escondidas conmigo
que me pierdo en los laberintos espinosos del ayer
en los no menos espinosos laberintos de tu ausencia

pero como no renuncio
pero tampoco lo encuentro
caigo en su trampa: y se sabe
para el cazador la impaciencia es un yerro
del que se vale la presa
para abrir las distancias

y aun cuando un peso en los párpados del alba
anuncie la vecindad del tan deseado
este encuentro tardío es incapaz
de devolver a sus fuentes la hiel
que horas de pastillas y cigarrillos
y sábanas angustiadas destilaron.

15 de noviembre de 2011

GORILAS EN LA TELE



Tengo pa’ mí que el divismo protege de las alergias, porque con la cantidad de flores que nuestras acacharradas divas se tiraron anoche, un alérgico nacido y criado fuera de los focos hubiera muerto ahogado; ahogado como quienes tuvimos el infortunio de presenciar el septuagésimo noveno reencuentro de estas “goriloides” diosas del olimpo nacional.

5 de noviembre de 2011

EL ENCUENTRO



Entre perderme
y volverme a perder
se pasa mi tiempo

me dejo ir en el gris
de las volutas del primer café
y no me encuentro en el hastío
de los anteojos del jubilado
tampoco en los viajes estáticos
en el asiento del colectivo
en la silla frente al televisor

entre perderme
y volver a perderme
se pasa mi vida

perdido en la concentración del trabajo
no menos perdido cuando te presiento
en el cuarto desnudo del amor

perdido siempre perdido

hasta que me agarro del hilo de la escritura
diligente ariadna
en este laberinto absurdo
en este lamentable laberinto.