25 de abril de 2008

Oh, bienamada palabra
Teresa Arijón.


La piel, los huesos, la sangre puestos en esta tarde que aunque idéntica a otras –un fósforo alineado junto a sus compañeros en la caja-, es única.
Afuera, discreta, la lluvia.

Adentro, desde sus fotografías algunos difuntos queridos me custodian. Pero ¿lo hacen?, pues, prendida a sus ojos viene la que desde siempre me espera, la que sabe que suyo será el triunfo. Y un dolor, ladrón de aire y ganas, me roe, me hunde…

Sin embargo, mientras escribo, soy; los truenos, la tinta, el árbol de humedecido traje lo dicen. ¿Qué importa que mañana, como un tren con un pasajero menos, todo siga sin mí? Escribir hoy aquí es suficiente.

Es más, diría que lo es todo.

9 de abril de 2008

Eras las manos cuyo fuego apartaría por fin las mías de lápices, cuadernos y obsesiones; la boca de la cual brotarían con renovado brillo aquellas palabras, las siempre dichas; los ojos en los que, como en habitación refrigerada en verano, se hallarían a gusto los míos. Eras la esperanza.


Y ahora, no sos más que otra estampita iluminada en el altar de mis fracasos, otro nombre arrancado de las agendas, otra voz ahogada por los sicarios del silencio. El viento llevándose la última ilusión.

27 de marzo de 2008

PRONOMBRES

Ser por una vez
el vampiro,
no su dócil presa.


O mejor:


Ser por esta vez
el vampiro,
no tu dócil presa.

16 de marzo de 2008

Huellas de tinta negra abandonadas como al pasar, eyaculadas casi, en un cuaderno alguna noche remota.
Huellas de tinta negra como fotografías antiguas -de esas que nos avergüenzan-, escondidas, del acecho de la sonrisa burlona y el juicio preservadas.
Puestas hoy bajo mis ojos evocan una vida, una punzada que fue la mía. Huellas en cuyos trazos alienta el negro temblor de la tormenta.

6 de marzo de 2008

DESEQUI-LIBR(I)OS


“ 'Al leer experimentamos la dramática urgencia de vivir'. ¡Maravilloso!" (Frase y comentario hallados en un viejo cuaderno, un cuaderno de mis años mozos)

Ahora bien, la cuestión que hoy se me plantea (evidentemente no en ese momento, en mis años mozos): ¿qué ocurre cuando al leer sólo experimentamos la dramática urgencia “de continuar leyendo”?

¡Qué dios o Freud, te ayuden!

11 de febrero de 2008

GENTILEZAS ASTRALES

Es por todos sabido: hay días en los que nada parece encontrar su sitio, acomodarse, encajar. Días en los que, en el instante en el cual las cosas son aún bocetos y con alarmas nos reclama el trabajo, nuestros zapatos, presas de un insólito nomadismo, no amanecen en su lugar y flotan, vaya uno a saber por qué limbos. Más tarde, cuando el mediodía nos aguijonea el estómago, el almuerzo terco se empeña en quemarse. Y al atardecer, en el minuto en que nos urge vaciarnos del mundo y sus criaturas, hundirnos en el pozo de la memoria, el dial avaro nos escamotea nuestra emisora favorita y en su lugar escupe la voz aguardentosa de un pastor evangélico. (Pensamos, entonces, en el fanatismo de los conversos, y en esas canciones no escuchadas que hubieran sido la perfecta banda sonora para un edén fugitivo aquí, en la casa.)

En fin, de hechos importantes, nada, mas, encadenados, provocan la impresión del error de habernos levantado y de que lo más sensato hubiera sido permanecer en la cama dejando a los relojes, como atletas griegos, correr su incesante maratón; y confiar en una futura gentileza de los astros.

Mientras tanto, no nos queda sino elevar una plegaria para que sea sólo un día, uno solo, que estas desavenencias con el mundo no se propalen, pues la experiencia nos dice que a una de estas jornadas signadas por lo incumplido somos capaces de sobrevivir. Pero también, que una seguidilla podría ser el comienzo del derrape del que nuestros magullados corazones no consigan, tal vez, reponerse.

29 de enero de 2008

COLETTE, SIMONE, MARÍA Y YO

CLAUDINA EN LA ESCUELA
Por María Moreno.

"A los catorce años no me gustaba leer. En cambio miraba televisión durante casi todo el día. Veía Any Okley, El hombre del rifle, Papá lo sabe todo, Doctor Kildare, Pero es mamá quien manda. Había dejado el colegio, me veía feísima y eludía toda invitación con una frase que repetía como un mantra y con la que pretendía disimular mi angustia: “La verdad es que me da lo mismo”. Se me diagnosticó una depresión. Mi madre, amén de obligarme a dar libre el tercer año del secundario, pretendió ofrecerme una salida cultural. Cada tarde me llevaba a la librería Santa Fe que por entonces, creo recordar, quedaba entre Larrea y Azcuénaga. No compraba nada pero le gustaba detenerse a hablar con el librero que se llamaba Bernardo Carey; allí mismo, en alguna de las mesas, estaba su libro Adiós a la izquierda. Con vago interés yo miraba sus ojos celestes, sus anteojos de aro grueso y su mechón de pelo sobre la frente. Todo encajaba. Caramba. Aquel hombre no sólo era de izquierda (¿un comunista?) sino que ya había dejado a la izquierda atrás. Mucho no me impresionó puesto que seguí mirando televisión incansablemente.

Pero hubo una vez en que mi madre sí me compró un libro. En la tapa una joven de largo vestido romántico y pelo hasta la cintura, posaba frente a un pupitre; se llamaba Claudina en la escuela y era de Colette. Algo en la actitud de Carey me hizo sospechar que no era un libro para menores: una manera de desviar la atención de mi madre hacia otros libros cuyos títulos no recuerdo. Pero no la persuadió de que lo cambiara. Claudina en la escuela comenzaba así: “Me llamo Claudine y vivo en Montigny; aquí nací en 1884; probablemente no muera en este mismo lugar”. La frase era insolente, directa, prometía ¡Y cuánto! Las compañeras de Claudina se daban pellizcos, mascaban el lacre de las cartas y se hacían salvajadas inimaginables en un pueblo descrito como poco avispado. Sin embargo, eso no era todo. La directora de la escuela de Montigny era amante de su asistente y algunas alumnas, como la perversa Agnés y la débil Luce, formaban parte de ese lesbos adonde también había un voyeur, el dr. Dutertre, que manoseaba a las niñas y se acostaba con la maestra. Encima Claudina no tenía madre. La mía, en cambio, alarmada por mi expresión visión viciosa, la tele apagada y Claudina en la escuela siempre abierto, me quitó el libro y se ofendió a distancia con Bernardo Carey.

El psiquiatra me había recomendado terapia laboral, así que empecé a ayudar con los deberes a un par de chicos del barrio. El primer cobro me bastó para volver a la librería Santa Fe. Bernardo Carey me dijo que Claudina en la escuela no era un libro para chicas, pero me guiñó un ojo mientras me lo envolvía. No me preguntó que había pasado con el otro. El psiquiatra y la terapia laboral estaban de más. Colette me había curado al prescribirme para siempre el deseo de felicidad, la soberanía solitaria y el cultivo de todos los usos del pecado mortal. "


MONIQUE EN SU DIARIO
Por: Sergio P.
Cada vez que enfrento este texto (sí, lo he leído varias veces, incluida esta en que lo tipeé) me pregunto cuál de los libros que leí produjo en mí un efecto similar. Si me remonto a mi adolescencia, tampoco yo leía demasiado y sí -como Moreno-, veía mucha tele. Obviamente mis programas favoritos eran otros: V (invasión extraterrestre), El caminante, Brigada A, Los profesionales (que comparados con los de la Canosa eran unos ángeles), Las Vegas, Robotech.

Respecto de los libros, si bien de tanto en tanto hojeaba alguno, no sentía que ninguno contara entre sus habilidades la de modificar sustancialmente mi vida. Pero un día algo debió de suceder, algo importante, pues desde ese instante ya nunca pude apartarlos de mi lado.

“La mujer rota” de Simone de Beauvoir, es el primer título que me viene a la mente. Sí, ese fue uno de los primeros libros “serios” que leí. Antes había transitado por alguna colección infanto-juvenil. Pero a nivel de shock, a no dudarlo, ese fue el primero. Me impresionó sobre todo que la gente pensara tanto en su vida y en la de los demás, que la existencia fuera objeto de análisis. Sí, era eso, algo tan diferente de lo que veía a mi alrededor, donde la gente se ocupaba de sus asuntos (de los ajenos, también. Chismes que le dicen), pero no examinaba demasiado. Y yo quería eso. Yo ERA eso. Los que me conocen lo saben. De pronto sentí que cuestionarme las cosas no me hacía un bicho raro, o sí, pero no el único. Y eso, de algún modo me tranquilizó.

Y ahora la pregunta (sé que a algunos les fastidia este tipo de post, pero sabrán entender, es verano y no se me ocurrió otra cosa y, además, el texto disparador es hermoso) ¿qué libro causó un verdadero revuelo en tu vida? ¿por qué?

21 de enero de 2008

YO RECOMIENDO

Querido amigo blogger mendocino:

Para los próximos días, que un anciano meteorólogo de nuestra provincia pronostica calurosísimos, yo te recomiendo:

1. Si no puedes “tomártelas”, toma té helado –calma la sed y es muy agradable-, y evita, en consecuencia, las gaseosas que te inflaman como un zeppelín, engordan y están muy caras (hablo de primeras marcas. Las otras, ya se sabe, veneno. ¡Siempre soñé tener mi propio segmento a lo Lita de Lázzari!).

2. Reúnete con tus amigos (¿no sería ociosa cualquier explicación?).

3. Lee a Rubén Darío con paciencia, verso a verso, degústalo. Juro que es un placer entrar en contacto con una visión tan rica de la vida. (Si alguien me hubiera dicho en mi primera juventud que algún día iba a escribir semejante cosa no le hubiera creído. Está de más aclarar que los años no vienen solos)

4. Mira por las noches alguna película en Cinemax (por suerte quitaron el canal 9 que era una poronga y pusieron algo como la gente).

5. Ve a la “pile” con tus amigos y sus niños. Parece una tortura –y es-, pero también es muy divertido jugar al tío por un rato. Al mismo tiempo si, como a mí, la “pile” te acerca a los lugares de tu infancia y te cruzas con rostros casi olvidados, no censures el gozo que te provoca ver que algunos de ellos se han ajado más que el tuyo. Pues, aunque suene a maldad, no deja de ser una caricia para el ego comprobar que hay gente más baqueteada que uno. Todo esto al margen de que la “pile” es uno de los poco lugares en los que pueden tus ojos posarse sobre algún bello ejemplar de las nuevas promociones ¡Y sin culpas, amigo! Total, mirar sigue siendo, por ahora, ¡gratis!

6. Si se te ocurre un post, escríbelo. Si tu mente es un páramo, no te inquietes. Es la consecuencia del agotador año que acabas de atravesar y precisas del descanso para que las ideas vuelvan a formarse y circular.

7. Aunque el Sr. de la Concha se horrorizara por los errores ortográficos que cometes, chatea, envía mails, sms, o lo que sea. Después de todo es muy, pero muy bueno estar conectado.

8. Hablando de.... si tienes con quien, aprovecha. El sexo es saludable para la piel, los nervios, las cervicales, el propio sexo y mil lugares más. Pero, si me lo permites, te aconsejaría que lo pospongas –¡cuac!, juro que fue involuntario- hasta esa hora de la madrugada en que el calor cede un poco, porque a decir verdad “el efecto foca” (chuac, chuac, chuac) no resulta de lo más... ¿estético?

9. Y sobre todo, abstente de pensar en el largo año que te aguarda. Hacerlo es atentar contra tu placer actual, cagar tu día de hoy.


Lic. Sergio P., especialista en terapias alternativas.

31 de diciembre de 2007

UN POEMA OPTIMISTA PARA TERMINAR EL AÑO

Vivir como un sino, vida,
tu porfía en volverme la espalda,
sería acatar la derrota
cuando hay todavía vigor
en mis brazos
y empujan las miradas de los amigos
y algunas partidas merecen jugarse
y el dorado de una piel joven infunde la sed
y las voces de los libros abren
y encanta la luna entre nubes bogando.

Lo otro, lo que falta -porque
se fue o nunca estuvo-
lo que algunas noches
florece en lágrimas, aunque pesa,
no debería ser hoy pretexto
para abandonarse a la queja.

20 de diciembre de 2007

BÁRBARA BELLOC



De Espantasuegras:

3

Hossana:
Oculto osario

Apenas se puede mover el viejo, está hecho concha: todo blanquito y calcáreo, quietecito en el fondo de la residencia Egeo, sin una perla en la boca ni una moneda en los bolsillos, con los huesos ensanchados como una mantarraya y un abanico estático en la mano aun más estática. Está esperando la visita, mudo, tieso; un bailarín congelado en el aire en pleno salto y sometido de inmediato a rayos X cuyos efectos lo convierten en la idea de un muerto capturada en la fugacidad del movimiento, cuando comienzan a caer al suelo las costillas, las dos rótulas, el fémur, el sacro. Es una víctima nuclear, todo él digno de relicario; esperando el más allá como quien espera un barco que zarpó recién, como quien espera cura, o amor de parte de quien no ama. Parece un aljibe. Parece una fuente de agua sin agua, de piedra. Pero el viejo escucha todo, pero no lo que pasa: escucha el río que corre y los grillos de madera, la burbuja de la valva que sube a superficie, el crujido de la piel de la serpiente.

(recuerdo de la rambla)


Italo Svevo: Senilitá.
a L., desertora.




Que nuestras pupilas ya nunca alberguen la imagen de alguien, parece improbable en una ciudad tan indigente de recovecos como esta. Sucede, sin embargo, que los nombres resbalen de las agendas y se ahoguen las voces en el olvido y la algarabía de unas llaves nos deje de este lado para siempre. Seres amados o apenas vislumbrados que, como por un pase de magia, se esfuman sin dejar siquiera una estela tras de sí. Pero también, que aun en el vértigo de la ausencia algo perdure, asfixiante. Algo que acaso sólo encuentre salida en los poemas escritos a esos, los sigilosos desertores de nuestras vidas.

30 de noviembre de 2007

FE DE ERRATAS

Bajo la forma de un rostro, la vida nos extiende a veces la constancia del error en que hemos estado hundidos; un rostro que enuncia aquello que junto a nosotros pasó flotando en la corriente, y se encuentra ya, y para siempre, fuera de nuestro alcance, perdido.

Desde que te vi, anoche, después de duelos y arrugas y olvidos, en todas partes, insalvable, leo mi error.

23 de octubre de 2007

HOMOFOBIAS (O DE QUÉ TIENE QUE VER EL CULO CON SEMANA SANTA)

Un martes de tantos (si no fuera por esto, por la escritura y su capacidad de almacenamiento, debería decir: “un martes perdido”), un bullicioso grupo de adolescentes, cual secuaces de Francis Drake, aborda el colectivo en el que viajo, en el instante preciso en que los parlantes del estéreo del señor chofer se estremecen al son de “Persiana americana”. De la turba estudiantil, dos integrantes me interesan en particular, pues fueron ellos quienes me arrebataron del semisopor de mi pseudosiestasobrerruedas, cuando al ocupar el asiento anterior al mío dieron rienda suelta a la potencia de sus gargantas.

La escena, más o menos, se desencadenó de la siguiente manera:

Uno de los angelitos (cada día me pregunto cómo consiguen ese instantáneo sentido de pertenencia que les confiere el derecho, cuando no la obligación, de perturbar al resto de la humanidad. ¡Y después aparecen algunos con la cantinela de que los adolescentes tienen problemas para adaptarse!) viene y, como ya dije, se sienta delante de mí.

Unos pasos más atrás, presa de un “trance musical”, avanza el segundo, que en cuanto deja de aullar “yo te veré/ a través/ de mi persiana americana”, dice “¿viste? ¡esto es música...!” Y, ante, supongo, la cara de desconcierto de su interlocutor, aclara “¡Persiana americana. Soda Stéreo!!!!”.

A lo que el neófito responde con un tímido “ah”.

Entonces, el conocedor, remata, cree, con un “¡Me encantan, tengo todos los discos!”.

Y el otro, bastante escaso de vocabulario o de interés por el asunto, repite “Ahhh”. Pero en un rapto de lucidez o mala onda, y como una forma de descalificar los gustos musicales de su amigo, agrega: “Pero ahora el cantante, ¿cómo se llama? ¿Ceratti?, canta con este..., ¡ay...! ¿cómo se llama? ¡el trolo....! ¡¡Leo García!!! (así, con muchos signos). ¡Es re-trolo el tipo ese! (les advertí que el muchachito en cuestión, no obstante su educación privada, esgrimía una gran pobreza léxica).

Y el otro, en guardia, dice: “Ah, pero a mí me gusta Soda Stéreo. Cerati solo, no”.

9 de octubre de 2007

MI VIDA COMO ESCRITOR

Di mis primeros pasos como escritor, al igual que los otros, de la mano de mi madre, quien, creo, no soportó la cantinela de mis cuatro años y me enseñó algunas palabras. Confieso, sin embargo, que ningún afán de conocimiento me impulsaba sino los más pedestres –y humanos- celos de que mi hermano, que ya iba a la escuela, escribiera. Y si él podía ¿cómo no iba a hacerlo yo? O sea que, a un sentimiento más bien reprobable, debo mi ingreso en la patria de las letras.

Ya en la primaria, según lo poco que recuerdo, mis experiencias más frecuentes de escritura fueron las “redacciones” de “tema: libre” (libres, asimismo, de instrucciones respecto de lo que los aprendices debíamos realizar), que imprimieron en mí la idea de que escribir era una operación ejecutada en los suburbios del verdadero estudio, anexa al cansancio de la “señorita”, cuando no a su urgencia por dar cumplimiento a ciertas burocracias propias de su función –pasar notas, por ejemplo-, y cuya corrección se centraba casi invariablemente en los aspectos ortográficos, aunque también, de tanto en tanto, en lo imaginativo de la composición, que se aplaudía con un “muy original tu cuentito”. (¡Dios, qué larga me quedó esta oración!!! Pero se entiende. Punto. Aparte). En cuanto a las restantes producciones –una parva de dictados de palabras o de textos disciplinares-, discurrían de un modo más bien mecánico. Este apartado podría abultarse además con los trabajos del tipo “lean de tal página a tal otra del manual, y luego respondan el cuestionario”. Y a eso nos abocábamos: a copiar.

No muy distintas fueron mis prácticas en la secundaria. Es más, si no mediara la noción de “volumen” -ya se sabe: una asignatura, un libro-, diría que se trató de un calco de las del nivel anterior. Podría, no obstante, señalar una excepción: en el último año algunos profesores implementaron la toma de apuntes (“para que vayan acostumbrándose a lo que les espera en la universidad”, dijeron), eso sí, sin proporcionarnos una sola directiva de cómo hacerlo, lo que convirtió sus clases en mini sesiones de tortura, de las que asomábamos con las manos acalambradas y con la vaga sensación de que el futuro nos reservaba horas difíciles.

A la vista está que mis experiencias como escritor en los medios escolares no podrían calificarse de variadas ni interesantes. Lo más lamentable del asunto es que, sospecho, no se apartan de las de muchos argentinos de mi generación. Sin embargo hay, a mi juicio, un aspecto más problemático: que en una escuela primaria de pueblo o en una secundaria con orientación en comercio no se escribiera demasiado, vaya y pase; pero que en una facultad de humanidades, más específicamente en su carrera de Letras, la escritura fuera accidental, es serio, preocupante. Y es que en los años de cursado, si bien escribí -apuntes, resúmenes, informes, exámenes, dos o tres monografías-, lo hice guiado más por mi instinto –y, nobleza obliga, la rapiña estílística y conceptual-, que por mis profesoras, quienes dieron por sentado que sabía hacerlo.

En simultáneo, y al margen de la educación formal, mi escritura ha transitado tres etapas: la primera, decididamente “catártica” (poemas y diarios íntimos, que mucho no se diferenciaban, pues mis versos tenían la misma musicalidad que mi prosa: ninguna). La segunda, como instrumento de autoexploración o “narcisismo gráfico”, iniciada después de un larga temporada de inactividad (el contacto con las grandes obras de la literatura obró en mí una suerte de “mudez escrita”), me fue sugerida por mi analista. Finalmente, la tercera, extensión de la anterior –sujeto a indagar: el lenguaje-, surgió de la convicción de que sólo podía enseñar aquello con lo que estuviera familiarizado, y como no era el caso (había percibido que en mis clases, por inseguridad, demoraba el inicio de las prácticas de producción), decidí revertir la situación. ¿Cómo? En principio, leyendo textos sobre didáctica de la escritura que, aunque provechosos, se revelaron insuficientes; lo que me devolvió a mi intuición original –o de mi amigo Hernán, ya no lo sé- : “podré enseñar a escribir en tanto y en cuanto sepa hacerlo”.

Y en esas estoy. A modo de entrenamiento garabateo todo lo que puedo: posts para este blog, mensajes de texto, globales, mails, actos escolares, “conversaciones” en el chat, agendas, notas para la facultad, diarios… En fin, “socorros” en mi lucha cotidiana contra la porosidad de la memoria. Pero, también lo hago porque “escribir es”, al decir de Angélica Gorodischer –y adhiero-, “una de las formas de la felicidad”.

Y ustedes, queridos bloggeros ¿cuándo, dónde y de la mano de quién comenzaron a escribir? Y más importante aun ¿por qué continúan haciéndolo hoy, a una edad en que la infancia no es más que una foto en sepia?

25 de septiembre de 2007

VARIACIONES SOBRE -CASI- EL MISMO TEMA

I




Cuántas veces, aturdido por los tráficos humanos, se ha apeado y permanecido en el andén, solo como el capullo que en el jardín del invierno detona su color. Y después de larga ausencia, recuperadas la calma y las ganas: un puñetazo en la cara: la confirmación de que impávida la vida siguió su curso.




II




Desde el andén mira las partidas, las llegadas. Desde el andén mira y piensa: “debería comenzar a moverme”

1 de septiembre de 2007

MORFEO ESQUIVO

Morfeo juega a las escondidas conmigo que en espinosos laberintos -los del pasado, los de tu ausencia-, me extravío. Sin embargo, no renuncio. Tanto lo persigo que, al no encontrarlo, caigo en su trampa. Y ya se sabe que para el cazador la impaciencia es un yerro del que la presa se vale para prolongar su huida. Y al alba, diluidas las esperanzas, un peso en los párpados anuncia la vecindad del tan deseado. Mas, imposible que este encuentro demorado devuelva a sus fuentes la hiel que horas de pastillas y cigarrillos y sábanas enloquecidas, destilaron.

21 de agosto de 2007

UN HERMOSO NIÑO (o del placer de la relectura)



Ante el inventario mental de los libros leídos en los últimos meses, constato, no sin cierto estupor, que en lo que a lectura se refiere me comporto como un niño pequeño: quiero que una y otra vez me cuenten el mismo cuento. Es decir, no leo nada nuevo. (Acabo de devolver a sus legítimos propietarios tres o cuatro libros sin siquiera hojearlos, porque su presencia, con ese halo de amantes abandonados, me resultaba intolerable.) Sólo la relectura me depara cierto placer, y esto gracias a la facultad de los textos para renovar sus sentidos: son los mismos, pero otros.




Este fin de semana, por ejemplo, volví a zambullirme en el relato “Una hermosa niña” de Truman Capote. En él, se despliega la figura encantadora, vulgar, luminosa y siempre frágil de Marilyn Monroe. Esto que digo es lo que mi memoria había conservado de lecturas anteriores: la pequeña lo ocupaba todo. Pero en esta ocasión algo distinto ocurrió: por primera vez reparé en su compañero de aventuras, el propio Truman ficcionalizado (TC en el libro). El truco de Capote se asienta en presentarse como el opuesto exacto de Marilyn: cáustico, cerebral, cínico, revulsivo. Una anécdota sexual de “TC” con Errol Flynn resulta de lo más ilustrativa al respecto. Entonces, allí está: ante nosotros la pareja perfecta: la bella muchacha y el maricón de lengua afilada.




No obstante, este personaje, “TC”, contagiado acaso de la fragilidad de su interlocutora (¿de su interlocutora o de su nostalgia de ella? -eso nunca lo sabremos. Las cronologías nos dicen que las acciones narradas datan del 55, que Marilyn murió en el 62 y que el libro fue publicado en el 75; y esto, al fin y al cabo, es literatura-) el personaje decía, pierde hacia el final su máscara, cuando en medio de un estrépito de gaviotas y barcos, grita: “Marilyn, Marilyn, ¿por qué todo tuvo que salir así? ¿por qué es una mierda esta vida?” (más que nunca hay la impresión del aullido lanzado a través del tiempo y la muerte). Y yo, este sábado, no pude sustraerme a su influjo que me envolvió por los cuatro costados, tanto que, si busco un paralelo en mi vida debo remontarme muy lejos, a mis veinte años, cuando con un nudo en la garganta leía a Sartre, de Beauvoir, Arlt...




Ahora bien, sucumbir a la violencia de un enunciado que condensa un sentimiento que yo juzgaba adolescente, tiene para mí un significado por lo menos ambiguo. Porque, si por un lado, demuestra mi permeabilidad a este tipo de pensamiento; por el otro, no puedo obviar el hecho de que lo hace en el terreno de las letras y no en el de la vida, en el que tan a menudo me siento petrificado. Más tarde, y con la perspectiva que regalan los días, llegué a la conclusión de que no había inocencia alguna en el gesto inicial de tomar ese libro y no otro, pues su contenido me era familiar; y que quizás, lo que buscaba era avivar esa llama.




Y si, como afirma Hugo Mujica, “debería uno encontrar aquello que la poesía (literatura) nos hace ver y decir sobre nosotros mismos”, esta relectura puso bajo mi ojos la intuición, si no la certeza, de que aunque los años se amontonen a mis espaldas, no han modificado la afinidad esencial que aquel que fui tenía con cierto nihilismo dolido, desesperado y que, por lo tanto, en algún lugar (y esto es pura metáfora) continúo siendo un hermoso niño.



30 de julio de 2007

“-¿Hola?
-Sí, voy en camino. En cinco minutos llego.”







Casi todos, viajando en colectivo o caminando por la calle, hemos presenciado, acaso protagonizado, un diálogo semejante. Es que, de las nuevas tecnologías, no debe haber ninguna más difundida que la de los teléfonos celulares. Están en todas partes, incluso -y para sobresalto del incauto que olvidó apagarlo o silenciarlo- en momentos y lugares poco oportunos: en medio de una clase, en el silencio devoto de la misa, en el instante de mayor tensión de una peli, en la congoja de un velatorio…





Varios son los factores que han contribuido a esta difusión. Entre ellos, en primer lugar, cabría mencionar su multiplicidad de funciones: manantial de música cuando el mundo o el profesor se espesan, cámara de fotografías que salva del olvido esa última mueca de nuestro sobrino, odioso despertador, filmadora de situaciones íntimas (¡ojo, a cuidarse de esto, pues cualquiera puede ser el involuntario protagonista de un videíto, la mar de escabroso, en Youtube! Si no, pregúntenle a la joven aspirante a estrella que fue desechada de High School Musical Argentina por esta razón), y muy, pero muy accidentalmente envía-mensajes o teléfono.





Otro aspecto a tener en cuenta a la hora de evaluar el impacto de estos aparatitos es su costo, bajo en comparación con el de otros artefactos electrónicos -note books, cámaras digitales, etc-. Aunque claro, en esto como en todo, la oferta es muy variada, tanto como el volumen de la billetera del potencial usuario.





Asimismo, no es un tema menor la relativa sencillez de su manejo que los hace accesibles a públicos muy heterogéneos: niños de jardín, adolescentes que falsean el dónde y con quién se encuentran el sábado a la noche, señoras entradas en años y canas que urgentes apelan a sus “anteojos de leer” para responder un sms.





En fin, que viven entre nosotros: en la mesita de luz, en el bolsillo, en la mochila y otra vez en la mesita de luz, generando una ilusión de compañía y por ende, de menor soledad. Pero no es este el espacio para analizar estas cuestiones. Seguramente el futuro nos depara algún sesudo estudio sociológico que inventaríe sus beneficios y perjuicios. Por ahora, contentémonos con comprobar que están allí, aquí, al alcance de la mano, para saber que por suerte “mañana nos veremos”.

18 de julio de 2007

DEPRESIONES COMUNES

Cuando por la mañana una lápida sean las frazadas, y engranajes desgranándose semejen las rodillas, y protesten los ojos “que no, que no queremos saludar al astro rey”.




Cuando esplendan en la distancia los días de escuela, y portar un cuerpo equivalga a arrastrar una carcaza vacía, y un telón de cera obture el consuelo de las palabras y en maniática celda encierre…




Cuando todo –o algo- de esto os suceda, ese será vuestro día para “quemar incienso en los altares de la Diosa Química “




El mío, llegó. Desde hace unas semanas Foxetín pasea por mis arterias, y aunque aún –pero no lo comentéis con nadie - no soy feliz, confío. Y es algo, ya que no en mí, en una muy, pero muy -¡oh, paradoja!!- amarga pastillita.